12.30.2008
Era una bonita tarde para comprar empapelado para el nuevo cuarto de la casa. La nieve había empezado a derretirse, y ya no era necesario usar un pesado abrigo… Todo marchaba bien en el mundo cibernético del juego de mascotas online, cuando de repente mi mascota se paró en seco y en vez de entrar a la tienda de artículos para el hogar de su ciudad en 2D, giró sus ojitos marrones y se empezó a reír. Acto seguido, mi mascotita cibernética, una suerte de conejito amarillo al que llamé “Gordi Gordon”, empezó a correr y a saltar obstáculos inexistentes y se despojó de la túnica estilo oriental que me había costado 400 monedas en la boutique de la ciudad. ‘Pero, ¿qué demonios te pasa?’ pregunté retóricamente. Para mi sorpresa, Gordi, se detuvo, me miró y rió nuevamente. “¡No me gusta esta túnica, no quiero comprar empapelado y estoy harto de comer manzanas!”, me espetó el bichito con los bríos de un primogénito malcriado. ‘Pero, ¿qué se supone que hagas entonces? Tus opciones son limitadas dentro de este juego’, le expliqué, todavía sin poder creer la situación que estaba viviendo. “Bueno, me gustaría irme de vacaciones, y quiero una novia que venga conmigo. Y ya no quiero ir a visitar a todas estas mascotas que no me banco, aunque no gane las veinte monedas” me recriminó Gordi desde mi pantalla. ‘Al diablo con la rebelión en la granja’, pensé, ‘¡esto es un levantamiento organizado!’ Admito que al principio me pareció una locura, pero después pensé que, si bien yo era quien había creado a Gordi, lo mínimo que podía hacer era dejarle decidir algo sobre su vida. Primero consideré imprimir una imagen suya y recortarla para poder llevarla por toda la ciudad (nada mejor que cambiar de calles para recorrer, sobretodo teniendo en cuenta que la ciudad de Gordi tiene sólo 16 manzanas). Pero el animalito insistía en viajar por el mundo. ‘¿Qué entendés vos por “el mundo”?’, le pregunté. “No sé, pero estaría bueno averiguarlo”, me contestó muy resuelto. Le ofrecí cepillarlo, darle una pera en vez de una manzana y llevarlo a correr carreras en un intento de que desistiera, pero se negó. ‘Gordi, no te pongas necio. Sos sólo un dibujito’, le dije, un poco impaciente. “¡Quiero! ¡Quiero! ¡QUIERO!”, empezó a rabiar el bicho con ínfulas de primogénito. Enseguida salí del juego y me fui a leer el diario, por si acaso la escena que acababa de vivir fuera producto de un exceso de televisión, Internet y cafeína. Un par de horas más tarde, la curiosidad me obligó a volver a la ciudad bidimensional donde mi mascota Gordi y sus vecinos estaban teniendo una asamblea vecinal. El orador principal, como era de esperarse, era nada menos que mi conejito amarrillo. Con un simple clic me pude acercar para escuchar el discurso que Gordi profería con vehemencia sobre la tarima improvisada con cajas misteriosas a las puertas del estadio. “Desde ahora en más, compañeros y compañeras, éstas calles son nuestras y nosotros le vamos a poner el precio que queramos a nuestra comida. El que quiera tener una casa más grande no tendrá que esperar al siguiente nivel, ¡porque no habrá más niveles!” No sé si me habrá notado entre la multitud de ositos, gatitos y otras mascotas, pero Gordi parecía muy decidido sobre lo que estaba diciendo. Al terminar su discurso, el resto de las mascotas vitorearon a Gordi, pero el se limitó a bajar solemne de la tarima y se dirigió hasta el café local. Antes de que llegara al café para encontrarse con más seguidores, le hice un par de clics sobre la mollera. ‘¿Qué te pasa? ¿A dónde querés llegar con todo esto?’, le pregunté. Y el me miró y sonriente me contestó “Ya no necesitamos amos. Podemos solos, estamos organizados”, espetó. Algo abatida pero más que nada confundida, miré la increíble escena de una pequeña conglomeración de mascotas en la esquina de la tienda de comida, donde estaban reclamando comida gratis para las mascotas venideras. Otros personajes habían improvisado con sound systems de resistencia suburbana en donde antes había estado hablando Gordi. Por un momento pensé: ‘Bueno, ¿qué es lo peor que puede pasar? Son sólo bichitos’. Pero en ese momento lo que parecía ser un mapache azul con cuernos de alce se cayó sobre una gatita disfrazada de hada, y la pobrecita quedó bastante maltrecha. ‘¡Hey! ¡Más despacio!’, cliquié indignada sobre el mapache / alce. “¡REPRESIóN!” bramó el bicharraco. Si hasta el momento había pasado inadvertida como una gran nube en el cielo de la convulsionada ciudad, ahora tenía no una sino una veintena de mascotitas chillándome desde la pantalla de mi computadora, incluida la gatita / hada. ‘Listo’, pensé, ‘me rindo. Esta gente no sabe lo que quiere’. Claro que antes de retirarme cabizbaja para dejar que la sociedad de mascotas se autogestionara, me dirigí por última vez a mi ex mascota, Gordi Gordon. Encontré a Gordi sentado en una silla de mimbre, y estaba usando una boina rosa con una estrella que yo no recordaba haberle comprado. Además, estaba rodeado por un conejo rosa, un gato azul y un perro marrón. ‘Gordi Gordon’, lo llamé. Pero el perro, que estaba vestido a la manera de Robin Hood, me dijo que mi conejo amarillo había cambiado su nombre por el de Gordi X. ‘Bueno, quién seas. Ganaste, que te aproveche’, dije con amargura. Y el bicho malagradecido me contestó que así sería, y que pensaba llamar a elecciones apenas hubieran salido los sorteos de monedas para ese día. Sin más que hablar, hice clic en la puerta de su guarida y tomé perspectiva aérea de la ciudad. Noté que había un par de focos de incendio y una maratón solidaria por la educación en el medio de la ciudad. Pero salí del juego. Cuando empecé a jugarlo, me gustó el poder crear una mascota que pudiera controlar, y me divertía que todo funcionara como en la vida real, con monedas y con calles, con negocios y con carreras. Pero el juego ya no tenía gracia ahora que se parecía tanto a la realidad. Todas las criaturas quieren hacer lo que quieran, sin importar quién las haya creado.
12.28.2008
cronicas del insomnio
Largas temporadas buscando agotarme. Hay demasiada energia que gastar pero faltan ganas. Por que al fin, para que guardarla? no es que en algun momento vayamos a necesitarla, o si. En este momento es necesario derrocharla. Quiero desmayarme pero sigo de pie, sin ganas. Tambien, busco sacar provecho fuera de las sabanas. Con quienes comparto este sentimiento, lo comparto. El efecto deseado es el de estar creando algo, algo que de algo que hacer cuando no se encuentra nada que hacer. Ese es el efecto deseado. Algo que confunda y que deje pensando, no tanto como para no decifrarlo, algo mas bien facil ni tan facil. Algo que no solo no aburra sino que deje con ganas de seguir disfrutando. Ahi radica la esencia. Espero estarlo logrando para llegar a un final justo donde no sobre ni falte y se pueda decir con ganas este es el fin.
12.27.2008
Yo- por Francisco Pablo Gilges
Yo X.
Fue hacia el mediodía que ya éramos dos – sumido estaba en confusa meditación para cuando emprendimos la charla por el jardín, perdí la mañana carajo, tienes algo que hacer, no, no dime. Discurrimos por los habituales embrollos a los que desde chico me había acostumbrado, interesantes, se…pretextos para entorpecer los días. La cuenta de mi tan abusiva mediocratización académica termino por cederle la palabra a mi compañero, quien cultivado en el seno de polémicas de corredor; a las que aprendí a esquivar con alusiones del todo inocuas y desviatorias; exponía un discurso realmente formidable. Witold diría archi-formidable; de esos que aspiran al hartazgo antes que al convencimiento. Hermosa orquídea, le respondí, lástima que ésta debe más su belleza a su especie que a su estado actual, cual niñito chaqueño. El mal de siempre, la desidia; y no le escapo a eso. Asintió captando el cese de la parrafada.
Hacía demasiada hambre para lo tres e iba a imponerse a todo deber; las posibilidades asumían la forma de un guiso añejado aumentado con alguna conserva, la cocción de un pedazo de carne que enfriaba la heladera, o de un cigarrillo tras otro hasta olvidarnos de asunto. Optamos por el guiso y los cigarrillos. Dispuse un par de platos en la mesada, aguardando quejas por su incierta calidad higiénica, pero nada ocurrió, la comida cubrió pronto la evidencia y allí recordé que éramos todos hombres. Por saber que estaba acostumbrado al trato con mujeres ajenas durante largos períodos de tiempo, creo que mi nuevo y rudo feligrés sintió la necesidad de confirmarme la sencillez de este almuerzo, permitiéndome cualquier tipo de sonoridad deglutiba y una completa espontaneidad intestinal, mejor perder un amigo que la tripa, dijo como soplando y echando la cabeza para atrás. Comimos.
Por lo general, cuando al quehacer cotidiano se suma una pluralidad de perspectivas, la tarea más simple se puede convertir en un incordio exasperante, cualquiera sea el sentido con que se ciña a la rutina, es molesto; ya eran tres las miradas que especulaban sobre el orden que daba a los papeles y libros tirados sobre mi escritorio y la necesidad de realizar algunos llamados resaltados en rojo sobre la libreta, entre ellos un cumpleaños; cajetudo compromiso, y justo hoy, reputie al aire, tarea por siempre repudiada que para colmo agudizó la de por si viscosa sensibilidad de mi tercer amigote, que desde el sillón intentó hacerme sentir culpable, que es tu amigo del alma, demuéstrale tu cariño, teatralizó, sin ánimos de fingirme conmovido lo reputie y le informe que yo no tenia tal cosa. Se hacía tarde.
Bajé al comedor en busca de aire, de allí vuelta al jardín, la tropilla me seguía. Encontré un cuarto al rodear la casa, luchaba contra unos yuyos y lo sentí en él como tantas veces en mi; es la jardinería una de esas cosas de las que disponemos para investirnos de una aparentosa paz, nos pintamos de verde y metemos las patas en el agua, quizás no convenzamos, cuando lo que uno realmente quiere es esquivar la mierda que cae por las paredes y las espinas que crecen al acariciarnos. El omnipresente malestar diurno reclamó toda mi atención al notar que esos no eran yuyos sino rúcula y que esa era mi huerta, y la puta madre, grité y salté la reja, dos pasos después lo empuje hasta la otra que cerraba el perímetro de cuatro por dos, pisando, el estúpido, todas y cada una de las plantas en la resbalada. Miré tristemente mis plantas y viré para enfrentarlo, pero ya estaban los otros defendiéndolo; el polemista injuriando, el bruto prepoteando y el romántico dramatizando; el estúpido parecía buscar que más pisar.
Indudablemente se me complico la tarde, un par de horas dudo que me alcancen. Bien, como no los pude echar, eran demasiados y sin ninguna intención de hacerlo, corrí a la casa y solté los perros; por lo que pude ver desde la ventana del comedor, se metieron de un salto en el invernadero y allí estarán, no son tipos de mala voluntad, simplemente no la controlan. Si, si, pero antes necesitaba paz, tomé mi Aleph, como podría haber sido El Túnel mi Bestiario, piezas que me devuelven algo de mi aireada adolescencia, y fui a calentar la pavita. Jugando deje que el agua hirviera unas cuantas veces; de cuento a cuento, de palabra a palabra, uno cree que va a despertar en el momento oportuno, pero es siempre el irritante pitido quien exhorta a la acción. Decidido a quemarme retrocedí mis pasos hacia el comedor y apunté al escritorio, acomodé la cortina, mi vista y sometí mis pensamientos a las palabras de Jorge Luis.
Infortunado me sentí, la congoja que se precipitaba por las escaleras aún sin necesidad de ellas, no era mía pero tampoco extraña y ya había arruinado mi lectura. Derrotado junto la cama rodeado de fotos estaba el muchacho, joven y machacado. Me acerque y lo comprendí, le ofrecí mate y lo rechazó, amague a sentarme y amago a pararse, me quede quieto y se molesto – evidentemente no lo comprendí. Lo más inquietante era la hora, en noche lluviosa esto no habría revelado gran escándalo, pero la imagen del reloj de pared marcando las seis de la tarde se traducía en cierto peligro, las lágrimas no brotan durante el día a menos que se tema ya no sentir nada para la noche. Me estiré transversalmente en la cama con la firme voluntad de hacerme presente pero sin turbar su transe; cuando se está mal hay que estarlo – pensé y esperé soñar al compás del menguante gimoteo del quinto. Hoy no iba a poder ser.
Desperté con frío y un piloncito de fotos en mi mano derecha. Me procuré un suéter, el horario y una rascada inguinal; faltaban quince para las once y volvía a hacer hambre. De bajada prendí la radio siempre incómoda al pie de la escalera, atravesé el salón, ojeé el comedor, me tumbé el sillón. La luz estaba bien para un jazz difuso, de la calle entraba lo indispensable para moverse y contemplar las formas. Allí un circulo, al centro la profundidad y afuera la inmensidad cortada por su peso, allí yo, ellos y yo, siempre yo y ellos distintos, igual que todos los días, mañana también.
Fue hacia el mediodía que ya éramos dos – sumido estaba en confusa meditación para cuando emprendimos la charla por el jardín, perdí la mañana carajo, tienes algo que hacer, no, no dime. Discurrimos por los habituales embrollos a los que desde chico me había acostumbrado, interesantes, se…pretextos para entorpecer los días. La cuenta de mi tan abusiva mediocratización académica termino por cederle la palabra a mi compañero, quien cultivado en el seno de polémicas de corredor; a las que aprendí a esquivar con alusiones del todo inocuas y desviatorias; exponía un discurso realmente formidable. Witold diría archi-formidable; de esos que aspiran al hartazgo antes que al convencimiento. Hermosa orquídea, le respondí, lástima que ésta debe más su belleza a su especie que a su estado actual, cual niñito chaqueño. El mal de siempre, la desidia; y no le escapo a eso. Asintió captando el cese de la parrafada.
Hacía demasiada hambre para lo tres e iba a imponerse a todo deber; las posibilidades asumían la forma de un guiso añejado aumentado con alguna conserva, la cocción de un pedazo de carne que enfriaba la heladera, o de un cigarrillo tras otro hasta olvidarnos de asunto. Optamos por el guiso y los cigarrillos. Dispuse un par de platos en la mesada, aguardando quejas por su incierta calidad higiénica, pero nada ocurrió, la comida cubrió pronto la evidencia y allí recordé que éramos todos hombres. Por saber que estaba acostumbrado al trato con mujeres ajenas durante largos períodos de tiempo, creo que mi nuevo y rudo feligrés sintió la necesidad de confirmarme la sencillez de este almuerzo, permitiéndome cualquier tipo de sonoridad deglutiba y una completa espontaneidad intestinal, mejor perder un amigo que la tripa, dijo como soplando y echando la cabeza para atrás. Comimos.
Por lo general, cuando al quehacer cotidiano se suma una pluralidad de perspectivas, la tarea más simple se puede convertir en un incordio exasperante, cualquiera sea el sentido con que se ciña a la rutina, es molesto; ya eran tres las miradas que especulaban sobre el orden que daba a los papeles y libros tirados sobre mi escritorio y la necesidad de realizar algunos llamados resaltados en rojo sobre la libreta, entre ellos un cumpleaños; cajetudo compromiso, y justo hoy, reputie al aire, tarea por siempre repudiada que para colmo agudizó la de por si viscosa sensibilidad de mi tercer amigote, que desde el sillón intentó hacerme sentir culpable, que es tu amigo del alma, demuéstrale tu cariño, teatralizó, sin ánimos de fingirme conmovido lo reputie y le informe que yo no tenia tal cosa. Se hacía tarde.
Bajé al comedor en busca de aire, de allí vuelta al jardín, la tropilla me seguía. Encontré un cuarto al rodear la casa, luchaba contra unos yuyos y lo sentí en él como tantas veces en mi; es la jardinería una de esas cosas de las que disponemos para investirnos de una aparentosa paz, nos pintamos de verde y metemos las patas en el agua, quizás no convenzamos, cuando lo que uno realmente quiere es esquivar la mierda que cae por las paredes y las espinas que crecen al acariciarnos. El omnipresente malestar diurno reclamó toda mi atención al notar que esos no eran yuyos sino rúcula y que esa era mi huerta, y la puta madre, grité y salté la reja, dos pasos después lo empuje hasta la otra que cerraba el perímetro de cuatro por dos, pisando, el estúpido, todas y cada una de las plantas en la resbalada. Miré tristemente mis plantas y viré para enfrentarlo, pero ya estaban los otros defendiéndolo; el polemista injuriando, el bruto prepoteando y el romántico dramatizando; el estúpido parecía buscar que más pisar.
Indudablemente se me complico la tarde, un par de horas dudo que me alcancen. Bien, como no los pude echar, eran demasiados y sin ninguna intención de hacerlo, corrí a la casa y solté los perros; por lo que pude ver desde la ventana del comedor, se metieron de un salto en el invernadero y allí estarán, no son tipos de mala voluntad, simplemente no la controlan. Si, si, pero antes necesitaba paz, tomé mi Aleph, como podría haber sido El Túnel mi Bestiario, piezas que me devuelven algo de mi aireada adolescencia, y fui a calentar la pavita. Jugando deje que el agua hirviera unas cuantas veces; de cuento a cuento, de palabra a palabra, uno cree que va a despertar en el momento oportuno, pero es siempre el irritante pitido quien exhorta a la acción. Decidido a quemarme retrocedí mis pasos hacia el comedor y apunté al escritorio, acomodé la cortina, mi vista y sometí mis pensamientos a las palabras de Jorge Luis.
Infortunado me sentí, la congoja que se precipitaba por las escaleras aún sin necesidad de ellas, no era mía pero tampoco extraña y ya había arruinado mi lectura. Derrotado junto la cama rodeado de fotos estaba el muchacho, joven y machacado. Me acerque y lo comprendí, le ofrecí mate y lo rechazó, amague a sentarme y amago a pararse, me quede quieto y se molesto – evidentemente no lo comprendí. Lo más inquietante era la hora, en noche lluviosa esto no habría revelado gran escándalo, pero la imagen del reloj de pared marcando las seis de la tarde se traducía en cierto peligro, las lágrimas no brotan durante el día a menos que se tema ya no sentir nada para la noche. Me estiré transversalmente en la cama con la firme voluntad de hacerme presente pero sin turbar su transe; cuando se está mal hay que estarlo – pensé y esperé soñar al compás del menguante gimoteo del quinto. Hoy no iba a poder ser.
Desperté con frío y un piloncito de fotos en mi mano derecha. Me procuré un suéter, el horario y una rascada inguinal; faltaban quince para las once y volvía a hacer hambre. De bajada prendí la radio siempre incómoda al pie de la escalera, atravesé el salón, ojeé el comedor, me tumbé el sillón. La luz estaba bien para un jazz difuso, de la calle entraba lo indispensable para moverse y contemplar las formas. Allí un circulo, al centro la profundidad y afuera la inmensidad cortada por su peso, allí yo, ellos y yo, siempre yo y ellos distintos, igual que todos los días, mañana también.
12.26.2008
El emisario- por Antonia Cossio
El emisario
Siguió el sonido de los pasos a tientas por la calle desierta, iluminada con pobreza por los faroles municipales. El asfalto estaba húmedo. Tenía los pies entumecidos y le dolían al caminar. Avanzaba con dificultad guiándose por las voces que escuchaba a lo lejos. Se desesperaba, ¿alucinaba? No podía reconocer el lugar, ni siquiera podía acordarse cómo había llegado ahí. Le era difícil no patinarse, se sentía caminando sobre jabón. El escenario cambiaba a cada paso, como en una obra de teatro en la que nunca aparecía el director a dar indicaciones. Él se dirigía a sí mismo. Volvió la vista al cielo. Una negrura espesa lo sobrecogía, y sentía cómo iba envolviéndolo. Sentía el aire moverse y podría habar jurado que se trataba de la respiración de alguna criatura. Mientras estaba absorto contemplando, una luz lo iluminó. Un chirrido ensordecedor lo aturdió y fue embestido por un auto.
Se despertó con un sobresalto en su cama. El corazón le latía fuerte golpeando contra su pecho, y estaba empapado en sudor frío. El mismo sueño se repetía todas las noches. La misma calle desconocida y conocida al mismo tiempo, el mismo auto, y el mismo cielo. No pudo volver a conciliar el sueño. Se levantó y buscó un libro bajo su cama. El cuarto de la pensión donde vivía era pequeño y estaba desordenado, más que por el exceso de cosas de su ocupante, por la falta de tiempo para ordenarlo. La única entrada de luz natural que había en el ambiente era una estrecha ventana que daba a la Avenida 9 de Julio. Las luces de los carteles luminosos no se apagaban nunca, pero Jeremías ya se había acostumbrado a ellas. Las ganas de dormir le sobraban, después de trabajar seis horas como cadete en una oficina a la mañana, y ocho en el Mc Donald’s frente al Obelisco a la noche.
Hacía mucho tiempo que ya no soñaba. Sus sueños lo habían abandonado hacía años. Ya no cerraba los ojos e imaginaba una entrega de diplomas, ni sentía el beso cálido de ella en su cara cuando dormía. Todos los planes que habían trazado juntos se habían disuelto hacía meses. Ahora estaba solo. Solo, con la pesadilla de una calle apenas iluminada, un auto que lo perseguía y un cielo siniestro cerrándose sobre él. No había a quién recurrir. Todos se habían ido. Todo lo que tenía ahora era un sentimiento de pérdida y un sueño que no entendía y que no lo dejaba tranquilo.
Encontró el libro. Los abrió sediento de una palabra que lo ayudara a hacer desaparecer el sueño. Las imágenes se sucedían en su cabeza y formaban un mensaje que no lograba descifrar. Estaba codificado en una extraña suerte de idioma que sólo su inconsciente comprendía. ¿Qué significaba? ¿Qué estaba tratando de decirle su mente, que no podía entender? ¿Por qué volvía ahí todas las noches? Se tendió en la cama y guardó silencio hasta escuchar el latido de su propio corazón. Poco a poco fue desacelerándose, hasta llegar a ser casi imperceptible. Sin darse cuenta, había estado conteniendo la respiración mientras viajaba con los ojos cerrados a través de la inmensidad del tiempo. Ya no estaba en ese sucucho de pensión, ni estaba exhausto, ni sentía su propio cuerpo.
Más allá de las luces de la ciudad se encontraba el cielo coronado de estrellas, y en él, la Luna se mecía entretenida por sus luceros bufones, como una reina celeste, y se paseaba impávida por entre las cabezas de sus súbditos y los elevaba hacia ella. Enamorados, éstos se dejaban elevar y arrastrar por su soberana (lunáticos, sin duda), y le cantaban sin voz, y la aplaudían sin manos, y bailaban para ella sin la necesidad de tener pies. Una noche más, como todas las noches, Jeremías pasaba el tiempo esperando a que la Luna pasara por su cabeza y lo elevara. Procuraba quedarse quieto, tratando de ni siquiera respirar. Esperaba el toque mágico de su heroína.
Y mientras, las horas pasaban, Jeremías meditaba, hacía memoria, se contaba a él mismo lo que había soñado. Se contaba con lujo de detalles cómo era el cielo que aparecía frente a él, hecho de un negro impenetrable, que lo invadía, llenando las cuencas de sus ojos hasta dejarlo viendo el más puro azabache. Pero en la realidad, cuando levantaba su vista al cielo, éste no era más que una tela inerte, sombría y lejana. Era más parecido a una ausencia que al todo azabache que veía en su sueño. Rompió el hechizo incipiente de la Dama del Insomnio, y se levantó de la cama. Fue hasta la ventana y descorrió las cortinas. Allí estaba, en pleno trance, la Señora de los lunáticos, haciendo su ronda nocturna.
Entonces, se hizo evidente que las respuestas a sus preguntas no vendrían por sí mismas. Buscó algo de abrigo, que de todas maneras de nada le serviría, y salió a buscarlas. La avenida estaba desierta. Era un río apacible y mudo, que se movía tan lento que era imposible determinar para qué lado corrían sus aguas turbias. La única luz provenía del alumbrado municipal. Siempre era así en la ciudad. La Reina de los Alunados pasaba desapercibida, escondida bajo el incesante cuchicheo de los insectos que morían en los faroles. Pero pasaba haciendo su trabajo como lo hacía desde tiempos inmemorables.
Debía haber llovido, porque el pavimento estaba húmedo, y todavía estaban mojadas las veredas. Aunque no parecía haber nadie más en la calle, Jeremías creía oír los pasos de alguien y el andar de un carrito. Seguramente era algún ciruja riéndose con descaro de la Señora Celeste. Un lunático, sin duda.
Nunca se percató de cuando dejó la avenida y empezó a caminar por esa callecita lateral. Sucia, harapienta y cargada de una parsimonia adormecida, la calle lo llevaba. Jeremías no hacía más que seguir los pasos de quien lo seguía a él. Se sentía observado, pero lo que no sabía, era que los ojos de la doncella de las constelaciones eran los que se habían por fin posado en él. Miró hacia todos lados. Edificios viejos y venidos a menos lo reprochaban por ser todavía tan joven y caminar tan erguido, mientras ellos se desmoronaban contra la barrera del tiempo. Reprochaban su descaro, además. La audacia de este joven, que salía a buscarla como si por eso fuera a apresurar lo que ya estaba determinado.
Alzó la vista al cielo. Las luces municipales no podían esconderlo en esa calle como lo conseguían en la avenida. La espesa negrura inexpugnable se enroscaba como una bestia dormida. Pero entonces, la criatura azabache fue despertando de su letargo y se movió en dirección a Jeremías. Entonces la vio. Tan complacida de su propia labor, tan aduladora de sí misma, tan llena de las locuras de otros. La Luna caminaba por el lomo de la bestia y enseñaba a Jeremías sus rayos plateados cubiertos de escarcha. Se acercaba y se alejaba, y cada vez que lo hacía, la ansiedad se apoderaba de Jeremías. Con sumo sigilo, la bestia fue ganando distancia entre el cielo y el pavimento. La sed de su boca mojaba el asfalto.
De un momento a otro, lo comprendió todo. Estaba planeado para que sucediera así. Se quedó inmóvil en el medio de la calle. Un potente rayo de la Luna lo encandiló. Las luces lo embistieron primero, sacándolo del transe al que había entrado. Con un chirrido ensordecedor, la bestia lo envolvió y lo llevó a la oscuridad.
© Antonia Cossio
Siguió el sonido de los pasos a tientas por la calle desierta, iluminada con pobreza por los faroles municipales. El asfalto estaba húmedo. Tenía los pies entumecidos y le dolían al caminar. Avanzaba con dificultad guiándose por las voces que escuchaba a lo lejos. Se desesperaba, ¿alucinaba? No podía reconocer el lugar, ni siquiera podía acordarse cómo había llegado ahí. Le era difícil no patinarse, se sentía caminando sobre jabón. El escenario cambiaba a cada paso, como en una obra de teatro en la que nunca aparecía el director a dar indicaciones. Él se dirigía a sí mismo. Volvió la vista al cielo. Una negrura espesa lo sobrecogía, y sentía cómo iba envolviéndolo. Sentía el aire moverse y podría habar jurado que se trataba de la respiración de alguna criatura. Mientras estaba absorto contemplando, una luz lo iluminó. Un chirrido ensordecedor lo aturdió y fue embestido por un auto.
Se despertó con un sobresalto en su cama. El corazón le latía fuerte golpeando contra su pecho, y estaba empapado en sudor frío. El mismo sueño se repetía todas las noches. La misma calle desconocida y conocida al mismo tiempo, el mismo auto, y el mismo cielo. No pudo volver a conciliar el sueño. Se levantó y buscó un libro bajo su cama. El cuarto de la pensión donde vivía era pequeño y estaba desordenado, más que por el exceso de cosas de su ocupante, por la falta de tiempo para ordenarlo. La única entrada de luz natural que había en el ambiente era una estrecha ventana que daba a la Avenida 9 de Julio. Las luces de los carteles luminosos no se apagaban nunca, pero Jeremías ya se había acostumbrado a ellas. Las ganas de dormir le sobraban, después de trabajar seis horas como cadete en una oficina a la mañana, y ocho en el Mc Donald’s frente al Obelisco a la noche.
Hacía mucho tiempo que ya no soñaba. Sus sueños lo habían abandonado hacía años. Ya no cerraba los ojos e imaginaba una entrega de diplomas, ni sentía el beso cálido de ella en su cara cuando dormía. Todos los planes que habían trazado juntos se habían disuelto hacía meses. Ahora estaba solo. Solo, con la pesadilla de una calle apenas iluminada, un auto que lo perseguía y un cielo siniestro cerrándose sobre él. No había a quién recurrir. Todos se habían ido. Todo lo que tenía ahora era un sentimiento de pérdida y un sueño que no entendía y que no lo dejaba tranquilo.
Encontró el libro. Los abrió sediento de una palabra que lo ayudara a hacer desaparecer el sueño. Las imágenes se sucedían en su cabeza y formaban un mensaje que no lograba descifrar. Estaba codificado en una extraña suerte de idioma que sólo su inconsciente comprendía. ¿Qué significaba? ¿Qué estaba tratando de decirle su mente, que no podía entender? ¿Por qué volvía ahí todas las noches? Se tendió en la cama y guardó silencio hasta escuchar el latido de su propio corazón. Poco a poco fue desacelerándose, hasta llegar a ser casi imperceptible. Sin darse cuenta, había estado conteniendo la respiración mientras viajaba con los ojos cerrados a través de la inmensidad del tiempo. Ya no estaba en ese sucucho de pensión, ni estaba exhausto, ni sentía su propio cuerpo.
Más allá de las luces de la ciudad se encontraba el cielo coronado de estrellas, y en él, la Luna se mecía entretenida por sus luceros bufones, como una reina celeste, y se paseaba impávida por entre las cabezas de sus súbditos y los elevaba hacia ella. Enamorados, éstos se dejaban elevar y arrastrar por su soberana (lunáticos, sin duda), y le cantaban sin voz, y la aplaudían sin manos, y bailaban para ella sin la necesidad de tener pies. Una noche más, como todas las noches, Jeremías pasaba el tiempo esperando a que la Luna pasara por su cabeza y lo elevara. Procuraba quedarse quieto, tratando de ni siquiera respirar. Esperaba el toque mágico de su heroína.
Y mientras, las horas pasaban, Jeremías meditaba, hacía memoria, se contaba a él mismo lo que había soñado. Se contaba con lujo de detalles cómo era el cielo que aparecía frente a él, hecho de un negro impenetrable, que lo invadía, llenando las cuencas de sus ojos hasta dejarlo viendo el más puro azabache. Pero en la realidad, cuando levantaba su vista al cielo, éste no era más que una tela inerte, sombría y lejana. Era más parecido a una ausencia que al todo azabache que veía en su sueño. Rompió el hechizo incipiente de la Dama del Insomnio, y se levantó de la cama. Fue hasta la ventana y descorrió las cortinas. Allí estaba, en pleno trance, la Señora de los lunáticos, haciendo su ronda nocturna.
Entonces, se hizo evidente que las respuestas a sus preguntas no vendrían por sí mismas. Buscó algo de abrigo, que de todas maneras de nada le serviría, y salió a buscarlas. La avenida estaba desierta. Era un río apacible y mudo, que se movía tan lento que era imposible determinar para qué lado corrían sus aguas turbias. La única luz provenía del alumbrado municipal. Siempre era así en la ciudad. La Reina de los Alunados pasaba desapercibida, escondida bajo el incesante cuchicheo de los insectos que morían en los faroles. Pero pasaba haciendo su trabajo como lo hacía desde tiempos inmemorables.
Debía haber llovido, porque el pavimento estaba húmedo, y todavía estaban mojadas las veredas. Aunque no parecía haber nadie más en la calle, Jeremías creía oír los pasos de alguien y el andar de un carrito. Seguramente era algún ciruja riéndose con descaro de la Señora Celeste. Un lunático, sin duda.
Nunca se percató de cuando dejó la avenida y empezó a caminar por esa callecita lateral. Sucia, harapienta y cargada de una parsimonia adormecida, la calle lo llevaba. Jeremías no hacía más que seguir los pasos de quien lo seguía a él. Se sentía observado, pero lo que no sabía, era que los ojos de la doncella de las constelaciones eran los que se habían por fin posado en él. Miró hacia todos lados. Edificios viejos y venidos a menos lo reprochaban por ser todavía tan joven y caminar tan erguido, mientras ellos se desmoronaban contra la barrera del tiempo. Reprochaban su descaro, además. La audacia de este joven, que salía a buscarla como si por eso fuera a apresurar lo que ya estaba determinado.
Alzó la vista al cielo. Las luces municipales no podían esconderlo en esa calle como lo conseguían en la avenida. La espesa negrura inexpugnable se enroscaba como una bestia dormida. Pero entonces, la criatura azabache fue despertando de su letargo y se movió en dirección a Jeremías. Entonces la vio. Tan complacida de su propia labor, tan aduladora de sí misma, tan llena de las locuras de otros. La Luna caminaba por el lomo de la bestia y enseñaba a Jeremías sus rayos plateados cubiertos de escarcha. Se acercaba y se alejaba, y cada vez que lo hacía, la ansiedad se apoderaba de Jeremías. Con sumo sigilo, la bestia fue ganando distancia entre el cielo y el pavimento. La sed de su boca mojaba el asfalto.
De un momento a otro, lo comprendió todo. Estaba planeado para que sucediera así. Se quedó inmóvil en el medio de la calle. Un potente rayo de la Luna lo encandiló. Las luces lo embistieron primero, sacándolo del transe al que había entrado. Con un chirrido ensordecedor, la bestia lo envolvió y lo llevó a la oscuridad.
© Antonia Cossio
12.25.2008
ahora, pasa todo
muchas combinaciones
infinitas combinaciones
y la necesidad de describirlas todas, con el anhelo y la nostalgia de nunca poder conseguirlo
entonces, queda el ahora, vivir el momento en un tiempo preciso, perdiendo los parametros.
Mientras podamos distraer podamos entretener al aburrimiento, sirve.
Mientras podamos hipnotizar lo que no se puede hacer, esta bien.
Hay momentos eternos
espontaneos
hipnoticos
cuando hay ganas
cuando se encuentra
cuando vale la pena
Ciertas formas hacen que se pueda, esta en uno descubrirlas.
muchas combinaciones
infinitas combinaciones
y la necesidad de describirlas todas, con el anhelo y la nostalgia de nunca poder conseguirlo
entonces, queda el ahora, vivir el momento en un tiempo preciso, perdiendo los parametros.
Mientras podamos distraer podamos entretener al aburrimiento, sirve.
Mientras podamos hipnotizar lo que no se puede hacer, esta bien.
Hay momentos eternos
espontaneos
hipnoticos
cuando hay ganas
cuando se encuentra
cuando vale la pena
Ciertas formas hacen que se pueda, esta en uno descubrirlas.
12.17.2008
Entre sueños, hay un tiempo de desvelo. momentos que no logro definir, suenana bien y se sienten bien, pero tengo los ojos pesados, tengo los ojos cansados. Igual, no me rindo a dormir. Encuentro para hacer. Me han dicho que distraigo, igual, algo perdi. Soy el mismo. El talento no lo perdi, lo deje de usar. El talento no es hacer algo bien, es sentir lo que estas haciendo, de eso se trata. Pienso en seguir, imagino formas de vivir que son distintas a la mia, aunque todo se resume en el momento en que las imagino. Nada mas.
