12.30.2008

Rebelión en la sociedad de las mascotas Por Mafalda Chan

Era una bonita tarde para comprar empapelado para el nuevo cuarto de la casa. La nieve había empezado a derretirse, y ya no era necesario usar un pesado abrigo… Todo marchaba bien en el mundo cibernético del juego de mascotas online, cuando de repente mi mascota se paró en seco y en vez de entrar a la tienda de artículos para el hogar de su ciudad en 2D, giró sus ojitos marrones y se empezó a reír. Acto seguido, mi mascotita cibernética, una suerte de conejito amarillo al que llamé “Gordi Gordon”, empezó a correr y a saltar obstáculos inexistentes y se despojó de la túnica estilo oriental que me había costado 400 monedas en la boutique de la ciudad. ‘Pero, ¿qué demonios te pasa?’ pregunté retóricamente. Para mi sorpresa, Gordi, se detuvo, me miró y rió nuevamente. “¡No me gusta esta túnica, no quiero comprar empapelado y estoy harto de comer manzanas!”, me espetó el bichito con los bríos de un primogénito malcriado. ‘Pero, ¿qué se supone que hagas entonces? Tus opciones son limitadas dentro de este juego’, le expliqué, todavía sin poder creer la situación que estaba viviendo. “Bueno, me gustaría irme de vacaciones, y quiero una novia que venga conmigo. Y ya no quiero ir a visitar a todas estas mascotas que no me banco, aunque no gane las veinte monedas” me recriminó Gordi desde mi pantalla. ‘Al diablo con la rebelión en la granja’, pensé, ‘¡esto es un levantamiento organizado!’ Admito que al principio me pareció una locura, pero después pensé que, si bien yo era quien había creado a Gordi, lo mínimo que podía hacer era dejarle decidir algo sobre su vida. Primero consideré imprimir una imagen suya y recortarla para poder llevarla por toda la ciudad (nada mejor que cambiar de calles para recorrer, sobretodo teniendo en cuenta que la ciudad de Gordi tiene sólo 16 manzanas). Pero el animalito insistía en viajar por el mundo. ‘¿Qué entendés vos por “el mundo”?’, le pregunté. “No sé, pero estaría bueno averiguarlo”, me contestó muy resuelto. Le ofrecí cepillarlo, darle una pera en vez de una manzana y llevarlo a correr carreras en un intento de que desistiera, pero se negó. ‘Gordi, no te pongas necio. Sos sólo un dibujito’, le dije, un poco impaciente. “¡Quiero! ¡Quiero! ¡QUIERO!”, empezó a rabiar el bicho con ínfulas de primogénito. Enseguida salí del juego y me fui a leer el diario, por si acaso la escena que acababa de vivir fuera producto de un exceso de televisión, Internet y cafeína. Un par de horas más tarde, la curiosidad me obligó a volver a la ciudad bidimensional donde mi mascota Gordi y sus vecinos estaban teniendo una asamblea vecinal. El orador principal, como era de esperarse, era nada menos que mi conejito amarrillo. Con un simple clic me pude acercar para escuchar el discurso que Gordi profería con vehemencia sobre la tarima improvisada con cajas misteriosas a las puertas del estadio. “Desde ahora en más, compañeros y compañeras, éstas calles son nuestras y nosotros le vamos a poner el precio que queramos a nuestra comida. El que quiera tener una casa más grande no tendrá que esperar al siguiente nivel, ¡porque no habrá más niveles!” No sé si me habrá notado entre la multitud de ositos, gatitos y otras mascotas, pero Gordi parecía muy decidido sobre lo que estaba diciendo. Al terminar su discurso, el resto de las mascotas vitorearon a Gordi, pero el se limitó a bajar solemne de la tarima y se dirigió hasta el café local. Antes de que llegara al café para encontrarse con más seguidores, le hice un par de clics sobre la mollera. ‘¿Qué te pasa? ¿A dónde querés llegar con todo esto?’, le pregunté. Y el me miró y sonriente me contestó “Ya no necesitamos amos. Podemos solos, estamos organizados”, espetó. Algo abatida pero más que nada confundida, miré la increíble escena de una pequeña conglomeración de mascotas en la esquina de la tienda de comida, donde estaban reclamando comida gratis para las mascotas venideras. Otros personajes habían improvisado con sound systems de resistencia suburbana en donde antes había estado hablando Gordi. Por un momento pensé: ‘Bueno, ¿qué es lo peor que puede pasar? Son sólo bichitos’. Pero en ese momento lo que parecía ser un mapache azul con cuernos de alce se cayó sobre una gatita disfrazada de hada, y la pobrecita quedó bastante maltrecha. ‘¡Hey! ¡Más despacio!’, cliquié indignada sobre el mapache / alce. “¡REPRESIóN!” bramó el bicharraco. Si hasta el momento había pasado inadvertida como una gran nube en el cielo de la convulsionada ciudad, ahora tenía no una sino una veintena de mascotitas chillándome desde la pantalla de mi computadora, incluida la gatita / hada. ‘Listo’, pensé, ‘me rindo. Esta gente no sabe lo que quiere’. Claro que antes de retirarme cabizbaja para dejar que la sociedad de mascotas se autogestionara, me dirigí por última vez a mi ex mascota, Gordi Gordon. Encontré a Gordi sentado en una silla de mimbre, y estaba usando una boina rosa con una estrella que yo no recordaba haberle comprado. Además, estaba rodeado por un conejo rosa, un gato azul y un perro marrón. ‘Gordi Gordon’, lo llamé. Pero el perro, que estaba vestido a la manera de Robin Hood, me dijo que mi conejo amarillo había cambiado su nombre por el de Gordi X. ‘Bueno, quién seas. Ganaste, que te aproveche’, dije con amargura. Y el bicho malagradecido me contestó que así sería, y que pensaba llamar a elecciones apenas hubieran salido los sorteos de monedas para ese día. Sin más que hablar, hice clic en la puerta de su guarida y tomé perspectiva aérea de la ciudad. Noté que había un par de focos de incendio y una maratón solidaria por la educación en el medio de la ciudad. Pero salí del juego. Cuando empecé a jugarlo, me gustó el poder crear una mascota que pudiera controlar, y me divertía que todo funcionara como en la vida real, con monedas y con calles, con negocios y con carreras. Pero el juego ya no tenía gracia ahora que se parecía tanto a la realidad. Todas las criaturas quieren hacer lo que quieran, sin importar quién las haya creado.