Espiritus Urbanos
Espíritus Urbanos
Con percepción de cierre
El despertar de un hombre normal
Él era de los
que ningún traje le quedaba bien. Un irrespetuoso de lo monetario pero adeudado
en imposiciones sociales en las cuales
invertir. La casa; el auto; la ropa; la educación paga; una obra social decente
y una lista interminable. Antes de empezar a vivir, ya debía la vida. Estaba en la edad en que no se es muy
viejo para rendirse, pero, tampoco, muy joven como para no empezar a hacer algo
al respecto. Trabajaba en el centro de
una ciudad como tantas otras, en una de esas oficinas genéricas, con cubículos,
uno al lado del otro. Todos los días, iba a trabajar pensando y
repensando una solución para las discusiones con su pareja, para la falta de
pasión de su profesión y para dilema de tratar de ser especial o morir en el
intento. Una solución para los problemas existenciales. Su nombre era Damián.
Cierta vez, Damián
vio una película sobre la vida de un artista que le despertó la noción de que
quería. Eso era estar inspirado y buscar estar inspirado. Así como así. Tan
simple y tan difícil de seguir. No era la primera vez que esa idea se le pasaba
por la cabeza pero aquel fue el momento exacto para ponerlo en práctica. Damián
tuvo, lo que se dice: una epifanía. Le llegó a través de un medio impensado en
un momento de crisis, como suele ser. Pensó y meditó en cómo podía aplicar su
visión a su vida cotidiana. Escaparse de su realidad no era una posibilidad
inmediata, así que el cambio empezó desde sus adentros. Se tomó las cosas con
más calma, puso en perspectiva sus prioridades con la valentía suficiente para
respetarlas. La belleza de lo que lo deseaba se le fue presentando y así se le
hacía más fácil reconocerlas. Lo que repudiaba, también, se le presentaba como
contrario. Pronto toda su personalidad estaba enfocada en esta nueva búsqueda.
Fue alterando su entorno personal.
Siempre tenía a mano un cuaderno para escribir y dibujar. Cada vez que
lo sentía, le dedicaba un tiempo para rellenarlo. Su
creatividad se encontraba a flor de piel. Escribía poesías, historias, novelas,
ideas y, también, dibujaba. Con la práctica, perfeccionó un estilo propio. Creó
una historieta de su jefe protagonizando a un anti-héroe pedófilo
involucrándose en un sin fin de aventuras a raíz de su condición. Contaba con
sorprendentes ilustraciones combinada con
una trama atrapante y delirante. La
publicación tenía un costo de producción, el cual diremos que era un 1/6
del sueldo de Damián destinado a un diseño novedoso, buen papel y materiales
para los dibujos de muy buen nivel.
La demanda en su
entorno laboral lo impulsó a que la
edición sea mensual, con la entrega de un original en el baño. Ese mismo día,
era fotocopiado por un empleado que tuviese acceso ilimitado a la fotocopiadora,
y las diversas copias eran repartidas a los demás. Aunque la publicación era
anónima aunque todos sabían quién era el autor. Cada edición era esperada por
todos. El convertirse en el tema de conversación clandestino, a Damián le otorgaba
un deje de interés al tener que seguir en el trabajo.
Fuera de esta
actividad semi-programada, también, incursionaba en otras formas más aleatorias
de alterar su entorno laboral, como es el ejemplo de aquella vez que inauguró
una siesta involuntaria en el ámbito laboral poniendo una dosis suficiente de
somníferos en el expendedor de agua y en la máquina de café. El paisaje era
hermoso. Pesadez en los ojos. Cabezazos. Chequeos de que nadie alrededor lo
notase. Paulatinamente, todos se iban rindiendo al efecto. Para no ser
descubierto por las cámaras, no es que le importaba pero era parte del juego,
fingió haber sido afectado, también, y se les unió, voluntariamente.
Ya no le importaban los horarios estrictos,
las ordenes, ni los uniformes. Iba al trabajo cuando
tenía ganas. Cada vez le molestaba más la gente que le decía lo que tenía que
hacer, como si ellos tuviesen más razón que él. Los evitaba cada vez que podía.
Cuando ya no tuvo más sentido, simplemente, dejó de ir a las oficinas. Su traje,
se lo dio a un vagabundo tirado, quien
le daría más uso que él, por lo menos, para taparse en las frías noches. En él
trabajó, todavía lo esperan.
El Caminante
Después de
abandonar su trabajo, Damián, se dedicó a ser un caminante. Un caminante
observador. Un caminante que obsequiaba una experiencia. Puesto en sus propias
palabras, brindaba una experiencia “reveladora”; creando una acción inusual, un tanto
perturbadora, cambiando el curso de un día habitual a uno memorable, generando
el espacio para considerar lo que es realmente importante.
Sus métodos poco
ortodoxos pueden ser ejemplificados de la siguiente manera: Con una brocha
untada en pintura roja marcaba a quienes le pasaban tan cerca como para no
darse cuenta. Con un espray que contenía esencias acceto y aceite y hierbas,
condimentaba las vestimentas de los transeúntes. Había que admitir que el aroma
no era para nada desagradable, sino todo lo contrario. Lo que no descartaba que
llamase la atención de quienes estaban a los alrededores de la persona hasta el
punto de incomodarla por tanta atención a su servicio, quizás antes de darse
cuenta de la razón de porque la capta. Todo para que dicha persona salga de lo
habitual, y de tener suerte poder llegar, mediante la asociación de ideas y la
distracción de las actividades rutinarias, a darse cuenta que no importa lo que
piensen los demás de uno, sino vivir lo que vale la pena.
Nunca daba las
indicaciones correctas para llegar a una dirección e inventaba horarios a
quienes decidían preguntarle. Generalmente, elegía a los que más preocupados se
los veía, los identificaba por los gestos en sus rostros, después se dedicaba a
imaginarse las secuencias. Estos eran algunos de los chascarrillos que lo
entretenían. Todo para que dicha persona se salga de lo habitual, y si tiene
suerte puede llegar, mediante la asociación de ideas y la distracción de las
actividades rutinarias, a darse cuenta que no importa lo que piensen los demás
de uno, sino vivir lo que vale la pena. Para
Damián, esto podía pasar mientras uno se cambia el traje,
estarse bañando para erradicar el aroma a ensalada caesar de si mismo o
oxigenar el cerebro mediante una caminata forzada.
También,
dedicaba tiempo para si mismo, era cuando aprovechaba para visitar lugares y
hacer turismo interno en su propia ciudad. Iba a muestras, presenciaba las
obras de teatro callejeras, permanecía largas horas en lugares tranquilos como
bibliotecas o parques, realizaba largas caminatas a lugares que siempre quiso
conocer, contemplaba los monumentos y edificios imponentes. Nunca dejo de
escribir y dibujar en su cuaderno. A medida que los completaba lo dejaba en ese
preciso lugar donde se habían terminado las hojas o hasta el mas mínimo lugar
para manchar con tinta. Pero lo que más disfrutaba de hacer era observar.
Observaba a la gente, sus actitudes y sus actividades en la gran ciudad.
Observaba los transportes, las actividades, las trampas y las buenas acciones.
Aprendió de sus movimientos y sus formas de manifestarse, y los reconocía y
hasta los podía predecir, solo con observar. Para él, era como si estuviese
construyendo su nuevo ser a su merced. Estos experimentos se fueron haciendo
más frecuentes y más variados, hasta cambiarlo desde lo más profundo.
Ya a esta
altura, casi nunca volvía a esas paredes que alguna vez fueron su “casa”.
Paulatinamente, lo fue creyendo menos necesario. Se encontró con la noción que
todo es una ilusión, la vivienda, también. Solo volvía para ver a su pareja más
que nada como un vistazo a su antigua vida para compararla con su ahora. Una
forma de ver el pasado y el presente al mismo tiempo. La que fue alguna vez su
acompañante de vida no llego a entenderlo y la separación no fue pautada, sino
que fue estirándose, hasta que ya no tuvo más sentido que se sigan viendo,
porque ya eran como extraños el uno para el otro.
De la acción a la expansión
Damián solía
frecuentar los mismos lugares para descansar, meditar y, simplemente, estar.
Había quienes lo reconocían y se le acercaban, porque tanto su actitud como su
aspecto llamaban la atención. El los miraba y hablaba cuando era extremadamente
necesario. Esto a veces generaba descontento o los alejaba, al sentirse
ignorados. Lo cual, no era del todo cierto, Damián no los ignoraba, sino que
todo lo contrario les prestaba suma atención pero su modo era difícil de
entender. Este guiño de la diosa Ironía, lo ponía muy alegre en sus adentros,
una vez que supo como disfrutarlo.
En todo este
tiempo, Damián conoció a otros como él. Algunos por breves momentos. Otros más
seguido. Disfrutaba de su compañía, podría ser porque compartían el estado, tal
es así que se encariño con ellos. Eran Roque, Germán, Lautaro y Romina los que
permanecieron un tiempo sustancial.
Juntos fueron mejorando e innovando las técnicas de las actividades; Una
obra de teatro en un vagón de tren; dar a conocer domicilios de rockstars,
políticos, y estrellas de cine o los respectivos hoteles donde se hospedaban
junto con los pseudónimos bajo los cuales se registraban; un show de fuegos artificiales en un cementerio; invasiones
a propiedades privadas de lujo con re decoración alternativa sin costo alguno;
proyecciones de dibujos animados sobre edificios públicos; hurto a bibliotecas
y librerías elitistas y fundación de bibliotecas públicas al aire libre; la inserción de billetes con falsos próceres
caricaturizados dejándolos en espacios públicos, contando con que aquellos
distraídos por la ambición los inserten en el sistema monetario; manifestaciones
coloridas con pinturas, brillantinas y música, como los carnavales, en una
avenida principal, que resultaban empañadas con gases lacrimógenos, y los tambores
eran tapados por una mezcla de balas de
goma y plomo.
Los recursos para
realizar estas tareas salían del esfuerzo y la voluntad de los interesados, que
se les unían de forma permanente o según el objetivo. Las autoridades oficiales
les prestaban atención pero sin darle demasiada importancia. Ofuscaban cuando
sentían la presión o cuando estaban confundidos. Enfrentárseles era demasiado
riesgo para sus carreras políticas. Reconocían que al darles atención estarían en
el ojo del huracán.
Otras formas
No todas las
acciones de Damián y sus “secuaces” eran radicales. También, tenían sumo
interés en aumentar la espiritualidad. Creían
que llegaba a través de la búsqueda de energía y saber aprovecharla. Pasaban un
tiempo incalculable, meditando, charlando e intercambiando ideas. Ni si quiera
sabían bien porque lo hacían pero les hacía bien. Emprendían largas caminatas, como
peregrinaciones sin rumbo predeterminado ni auspicio de alguna causa.
Solamente, por el amor a la actividad física, porque sabían que les brindaba
nuevas formas de ver y un gran flujo de energía. Además, para conocer lo les
rodeaba, no había mejor forma que hacerlo a pie.
Muchas veces, el
tiempo pasaba sin que pronunciasen palabra alguna. Permanecían pensando, dejando
que la meditación sea su medio de comunicación, así fueron abriendo el espectro
de la mente; siendo concientes de su ser, tanto de sus necesidades como de lo
que genera. Mediante el proceso de la respiración generaban una
retroalimentación con el entorno; Este
conocimiento se les dio de forma natural, sin saber que es una filosofía
milenaria que combina desde técnicas de respiración hasta caminatas de poder
Sentían que
debían permanecer en lugares verdes porque era ahí donde más sentían la calidez
energética. Cuando encontraban uno de su agrado, se encargaban de mantenerlo limpio; plantaban nuevas floras y
cuidaban de las que estaban. Los espacios se convertían en jardines
esplendidos, en muy poco tiempo. Realmente, sorprendía con la inmediatez con la
que se desarrollaban las plantas y la belleza que resplandecían. Esta reacción era producto tanto de las
atenciones como del intercambio de energía vital entre las personas y los
alrededores vivos.
De tantas
reuniones y tiempo intentando encontrar la tranquilidad mental, mucha gente se
sintió inspirada y se les unió. En más
cantidad en comparación con sus actividades más revolucionarias. Ellos también
se fueron alejando de a poco de aquellas disciplinas a medida que iban
sintiéndose más cómodos con las actividades pacificas. Llegaron a llenar plazas
y parques sin necesidad de promoción alguna.
Con el tiempo
ninguno parecía necesitar de trabajar, todo lo que necesitaban estaba ahí. La
única ilusión era la que estaban viviendo. Toda esa energía intentando descifrar
la verdad y alejarse de las distracciones materiales empezó a crear esperanza,
fe y paz mental en quienes concurrían. La gente empezaba a encontrarse a ellos
mismos y relacionarse con otros con conflictos similares o distintos. Hacían el
esfuerzo de reconocerlos y en lo posible lo resolvían. Había distintos niveles de
dificultad indefinidos en cuestiones pero ninguno era rechazado, si cada cual
se sentía aceptado. Los necesitados y enfermos también se hacían presentes y no
solo no eran rechazados sino que eran beneficiados y apreciados. Cada cual
aportaba su saber propio de una forma altruista o a cambio de otro tipo de
sabiduría. Había profesores de yoga, charlas filosóficas, artistas, cocineros, avicultores,
psicólogos atendiendo casos, sociólogos interesados en estas conductas, médicos
alejados de la práctica tradicional y rígida, dedicados a prestar servicios
libres con los materiales que tenían a mano. En esta época en que nadie estaba
exento de las enfermedades pero la gente ya estaba cansada de tener miedo,
sobre todo de sus semejantes.
Con el tiempo,
se creó una tendencia social a reunirse. Los núcleos se fueron multiplicando.
Esto creo un cambio en la conducta de
las personas. Ya no estaban tan interesados en el progreso material, sino en
alcanzar un auge espiritual. Dejaban sus trabajos, cortaron los gastos
innecesarios. Optaban por lo sano. Utilizaban su propia inyección humana para
trasladarse, como peregrinajes de ciudad a ciudad y de pueblo a pueblo, donde
eran bien esperados y recibidos, en parte. La Inspiración los protegía con su
manto y los beneficiaba con buena salud mental y física.
Había una
contrapartida a esta tendencia, a quienes no les convenía esta expansión. Esta nueva generación
amenazaba con todos los mercados y el sistema económico basados en la
desesperación al servicio del
consumismo. Las autoridades ya no podían seguir ignorándolos, ahora que
interrumpían con sus intereses personales. Averiguaron quienes fueron los
precursores, como si eso fuese vital. Así fue que salieron disparados del
anonimato. Existían referencias a través de la historia de lo que podía
provocar si estos comportamientos persistían.
Políticos,
empresarios y fuerzas armadas eran los perjudicados, y se ataban entre ellos a
una cadena de culpas. Todos aquellos que necesitaban de una excusa para desatar
su naturaleza, aunque ninguno se adjudico la cacería para no arriesgar su
propio cuello. Las entidades precisa, esencial e inevitablemente existentes se
debatían y elegían bandos abierta o incógnitamente. Fueron alimentados y
dictaminados por la Violencia a sus merced, de tal manera que se ofuscaron las
nociones del póstumo Sacrificio. Lo que sucedió a continuación fue un ejemplo
de una de las persecuciones a los precursores de uno de los núcleos.
La cacería invisible
Debido a los
movimientos del grupo que llevaron a enfrentamiento con las fuerzas policiales,
quedaron registros y causas en varias comisarías. Utilizando estos cargos como
chivos expiatorios, los altos mandos se encargaron de darles mala prensa,
generando miedo hacia ellos. Los medios los bautizaron con el nombre “Los
Espíritus Urbanos”. Pautadamente, disparaban imágenes invasivas en las que los
involucraban en acciones violentas, invocando al rechazo de la opinión
pública. Aunque eran una tribu con
sentido, eran reconocidos por perturbadores de la paz, rebeldes y criminales.
Se crearon mitos
entorno a ellos. Su anonimato los convirtió en los más buscados tanto por las
fuerzas armadas como por los caza-raiting,
personas al acecho de todo aquello que suba las mediciones de espectadores. Los
comerciantes sacaron merchandising, revistas y prendas con imágenes de ellos
como héroes de esténcil. Los artistas hacían obras en honor a Los Espíritus. Eran el tópico de
moda en casi todas las conversaciones.
A todas horas,
se veían oficiales patrullando, deteniendo a sospechosos, interrogándolos y
abusando de la fuerza; palazos; botas en la cabeza; esposas apretadas;
desaparecidos; muertos en manos de las de las instituciones públicas; culpables
culpándose; papeleo, mucho papeleo para borrar;
“rutina”.
Esta persecución
virtual y física no hizo más que hacer que Damián, Roque, Germán, Lautaro y
Romina se uniesen a la vez que se adentraban en la clandestinidad. Ahora,
no eran espacios abiertos y verdes los que frecuentaban. Tristemente, sus
lugares más recurridos eran más bien oscuros y húmedos, como túneles, sótanos,
casas abandonadas y recovecos. Ahora, si hacían fama a su nombre de espíritus urbanos
ya que deambulaban como fantasmas del asfalto. El bombardeo de hostilidad atacaba
directamente contra su estilo de vida y libertad de acción. Sus fuerzas eran solidas
pero era difícil saber cuanto tiempo podrían aguantar ellos solos. Su
naturaleza les llevaba a confiar en lo demás, ahora, tendrían que ir en contra
a eso, también.
Aliados en la adversidad
Un inframundo
que se les asemejaba: Internet. La red y los internautas, también, fueron
responsables de catapultarlos al estrellato internacional. Hackers y criaturas
de estas aguas los vieron desde otra perspectiva. Al enterarse de la existencia
de Los Espíritus, comenzaron a difundirlos por las diversas redes sociales, tan
inhóspitas que no contaban con las decoraciones e iconos a los que el usuario
de PC promedio está acostumbrado, frecuentadas por ciertos conocedores. En
estos círculos, empezó a gestarle un culto genuino hacia ellos.
Desde hacía
tiempo, aquellos relacionados con las computadoras convivían con el sentimiento
de frustración generado por un sistema que los discriminaba y no les daba
oportunidades a menos que sea para la retro-alimentación del mismo. Personas
sumamente inteligentes en cuanto a los sistemas informáticos, desconocidos por
la mayoría. ¿Acaso no es eso la inteligencia? ¿Estar adaptado a un medio en
particular? Existía gente experta en esta materia, que literalmente dominaban
este plano. Como sicarios a través de la fibra óptica, accionaban en contra los opresores de su forma
de ser con golpes certeros, donde más les dolía, y sin siquiera, pudiendo
prevenirse. Personas que dormían poco y nada con una pasión devota hacía lo que
hacían, había algo de artistas en ellos.
Algunos lograban escalar socialmente y recaudar una pequeña o gran fortuna
montando una compañía multinacional. Unos pocos. Al menos, esa la imagen que se
le transmitía al mundo exterior y popular. Quizás como forma de darles crédito
y apaciguar los ánimos con este sector en conflicto para con el cual no tenían
oportunidad ni defensa alguna, más que quizás, arrestar a uno que otro que de
vez en cuando con o sin pruebas sin hacerlo demasiado obvio y levantar
sospechas de las vulnerabilidades. Unos
entre tantísimos llegaron a estar entre los máximos magnates del planeta. Para
los que conocían una verdad distinta, la gloria era otra: ver quien superaba
más límites evadiendo ser atrapado.
Cuando exploto
el fenómeno Espíritu Urbano, pareció incentivar a estos sicarios de la red a la
par. Se volvieron más radicales.
Aplicaban con sus acciones habituales pero también percibiendo la posibilidad
de innovación. Las grandes compañías les temían aun mas y cada vez invertían
más en firewall y protecciones que ellos mismos les vendían; Se filtraban
contraseñas; los virus infectaban todo a su alcance, los anti-virus eran una
tarjeta de invitación; las páginas web ya no direccionaban a donde se quería.
Acciones tan pequeñas como estas, creaban caos en las vidas de las personas que
dependían de ello. La histeria se hizo general.
Se regían bajo
el lema: No hay nada sagrado, mucho menos, privado. Y lo hicieron conocer al
mundo. Lo que ocurrió después, ni los Sicarios
mismos se lo esperaban, de una forma impensada le hicieron un cierto bien a la humanidad. La gente
empezó a cambiar sus hábitos de vida, tan caprichosamente, como siempre. Todos
los que creían en el ordenador, perdieron su fe. De a poco, se empezaron a
concentrar en lo que podían controlar y se despreocuparon por lo que les era
ajeno. Ante un sistema a punto de colapsar esto no hizo más que apurar las
cosas. Ante un enemigo invisible de esta magnitud, era evidente un conflicto a
escala mundial.
Los Espíritus no eran directamente responsables, pero la prensa
amarillista y moralista los relacionaran con ellos. Eran la perfecta pantalla
para lo que sucedía de trasfondo y la excusa perfecta para lo que iba a pasar,
y dejarlo suceder. La misión era reavivar el miedo. Los arrestos se hicieron
más cínicos, injustos, inverosímiles, violentos y desesperados.
La huida hasta el fin
A esta altura, los
nombres y fotos de los Espíritus estaban en todas las listas negras habidas y
por haber. Los perseguidores las enviaban por correo físico exclusivo del gobierno, a cuanto comercio e institución
fuese posible, en el país y en el exterior. Aún así llegaban distorsionados y se
filtraba información debido a traiciones internas. Ellos mismos sufrían de si mismos,
sobretodo, porque había muchos simpatizantes de la presa, entre ellos, quienes
elegían aportar desde las líneas enemigas.
Visto y
considerando, que no había lugar a donde ir sin ser reconocidos, Damián, Roque,
Germán, Lautaro y Romina decidieron que
lo mejor sería mantenerse lejos de las ciudades. Viajaron en un auto prestado. Esquivaban las rutas
nacionales, optando por los caminos
interinos.
Dormían en el
auto o como invitados de lugareños, nunca en hoteles. Intentaban no dejar
rastros. Confiaban para vivir, desconfiaban para sobrevivir. Cuando eran
reconocidos, era el momento de pisar el acelerador. Quienes los entendían los
ayudaban, quienes los envidiaban los delataban y ese era momento de seguir
camino, sin despedidas. Pasaron un tiempo largo haciendo esta rutina.
Aprendieron a
como moverse y disfrutaban de la situación en la medida que podía. Cierta vez,
ya atardeciendo pararon al lado de la ruta, escondiendo el auto bajo un nogal.
Roque Damián y Romina salieron a caminaren dirección a unos cerros a varios kilómetros
de donde estaban. Germán y Lautaro se quedaron al costado del auto. Los tres
que se adelantaron se tiraron en el pastizal. Se relajaron viendo el cielo.
Aparecieron las caricias y los besos que desembocaron en un trío amoroso, en
ningún momento fue una situación incomoda. Tan natural se dio que no pareció
importar que Roque y Romina hayan tenido una historia seria anterior. Amanecieron
juntos y desnudos. Cuando volvieron hacia el auto, Germán y Lautaro, también,
estaban abrazados semi-desnudos en el asiento de atrás del auto.
La ruta los llamo otra vez y allá fueron.
A esta altura
estaban en el top 5 en la lista de los más buscados, y ni siquiera iban
armados. Fue así que cuando compraban en una estación de servicio y fueron sorprendidos
a balazos “sin preguntas”. Desde las afueras del local entró un enjambre de
proyectiles. Uno impacto fue sobre el pecho de Roque, desplomándose. Otro impactó en la cabeza del empleado del establecimiento
quien murió al instante. Los demás llegaron a tirarse cuerpo a tierra
Romina se
arrastró hacia donde estaba Roque, quien a duras penas respiraba. Entre las
explosiones, se escuchan sus gritos suplicando que la ayudaran a moverlo. Los
otros se le acercaron agazapados. Damián lo tomó por debajo de los brazos y Lautaro
de las piernas. Los cinco lograron movilizarse agachados hasta el depósito ubicado
detrás del mostrador. Romina se quedó contra una pared, acostada abrazando al
moribundo Roque. Damián y Lautaro ya se había reincorporado, y junto a Germán
se colocaron contra las paredes del fondo del depósito, donde había una puerta trasera.
La balacera
nunca terminó y perforaba las paredes. Antes desde el local comercial, pero
después de un breve lapso, tampoco les daba tregua en el depósito, lo que
significada que estaban rodeados. Desde sus posiciones de donde nunca se
movieron, e encontraron sus miradas, imantadas como si ese fuese el final.
Después de
eternos segundos, la puerta trasera fue derribada por tres uniformados
completamente cubiertos. Frente a ellos permanecían indefensos Romina, con los
ojos más abiertos que nunca, y Roque, tumbado sobre ella. Germán, Lautaro y
Damián habían quedado a espaldas de los invasores. Fue Germán quien reaccionó
velozmente y con un matafuego que tuvo a mano
noqueó al último de ellos, que
estaba a punto de abrir fuego. Antes de que el cuerpo llegue a tocar el piso,
Lautaro logró alcanzar el fusil y atacó contra a los otros dos que no tuvieron
tiempo a reaccionar. La Santa de los Desprevenidos les sonreía. Romina desató
un llanto agudo para cortar el breve silencio.
Fue una pequeña
victoria pero sabían que no tenían posibilidad, mucho menos con Roque mal
herido. La decisión no dejó lugar a la discusión. Morirían
ahí. Los cinco Juntos.
Con lo de los
difuntos, se armaron con rifles y se
protegieron con sus mascaras y chalecos de kevlar, distribuidos como pudieron. Cuando
La Paz aún los resguardaba, Roque reaccionó. Abrió los ojos y miro a sus
compañeros. Los cuatro lo miraron y sonrieron. Lejos de estar confundido u
obnubilado sus palabras fueron: “que hacen, todavía, acá? Salgan!” apuntando,
débilmente, la obvia salida. Nadie dijo nada y reino la sombría oscuridad. Comenzaron los disparos, de nuevo. Paulatinamente,
pasaron de ser como una garúa y a un
chaparrón de plomo. Los Espíritus se debatían, mentalmente. En un impulsó, Germán
contestó desaforadamente el fuego, vaciando todo un cargador. Damián se le
sumó, luego Lautaro. Los disparos de los Espíritus eran desprolijos pero
afilados, varios fueron a dar contra sus enemigos, hasta tal punto que ya no se
escucharon respuestas. Solamente Romina, escuchó cuando Roque dijo: “Nos vemos
cuando seamos energía” y dejó de respirar. Romina lloró la vida de su amor
antiguo y actual.
Cuando pararon para
recargar, se dieron cuenta. Damián raspó sus espaldas hasta llegar al piso. Lautaro
cayó sobre sus rodillas y repto hacia ellos. Todo era desazón, reinaba la
tristeza y la falta de esperanza. Solo Germán se animo, después de un rato, a
pispiar por una ventana con los cristales rotos. No parecía haber nadie. Se
miraron. Era momento de actuar.
Aprovecharon
para escapar por la abertura donde una vez hubo una puerta. Los cuatro iban en fila agazapados contra la
pared del lado externo de atrás, dejando en ese depósito oscuro y húmedo, el
cuerpo sin vida de Roque.
Cinco - Uno = Cinco
Al borde de la
pared, Germán, quien encabezaba la fila, pudo ver había al costado de la
estación de servicio una arboleda, una escasa posibilidad de escape. Por medio
de señales les hizo saber el plan a los demás.
Asomó un ojo para el frente de la estación, se veían las patrullas pero
no había oficiales a la
vista. Era “Ahora o nunca!”. Dio la señal, y empezaron a
correr a toda velocidad.
Antes de que
pudieran desaparecer entre los árboles, fueron descubiertos a sus espaldas. Los
oficiales titubearon por un momento porque estaban medios uniformados y medios
armados, pero cuando los reconocieron comenzaron a dispararles a sangre fría. Los
Espíritus pudieron responder, mientras corrían en reversa. Ese fuego fue
suficiente para escabullirse entre los árboles y continuar protegidos por la
naturaleza, donde el tiro no era tan limpio.
Adentrandose, los
federales arriesgaban mucho porque podían ser sorprendidos, fácilmente por la
presa que era invisible y tenía garras. Como donde no hay pasión, no hay valentía,
vacilaron. Pudieron detectar a los fugitivos corriendo pero ya habían
traspasado la línea de arboles y un alambrado. Corrían por campo traviesa entre
subidas y bajadas. Apareciendo y desapareciendo.
Desde el punto
de vista de Damián, Romina, Lautaro y Germán, una vez que salieron del
escondite que les proveyó la arboleda, todo fue camino arriba. Siguieron solo
parando para recuperar un poco de aire, sosteniéndose entre ellos hasta que
llegaron a una cima y ahí se quedaron los cuatro parados, juntos, contemplando.
Atrás: un amigo;
atrás: la estación de servicio que habían dejado; más atrás, toda una vida que
quizás en algún momento, pensaron resuelta. Les debe haber resultado difícil
saber como terminaron donde estaban pero sabían que tenían que seguir. En algún
momento, lo descifrarían y quizás volver a alcanzar el equilibrio, algún tipo
de equilibrio para mantenerlo mientras sea posible. Pero para eso tenían que
seguir, y seguir juntos. Abajo de la sierra: un asentamiento, adonde se dirigieron
en búsqueda de un móvil, y con un poco más de suerte, algo de ayuda.
Cuando llegaron
ya había anochecido. Era un pueblo al costado de la ruta, como avenida
principal. Se expusieron a caminar por ahí, entraron en una cantina donde estaba
tocando una banda. La atención de los paisanos se dirigió a los recién llegados.
El lugar estaba casi vacío lo que hacía
más difícil no notarlos, sin contar que estaban pesadamente armados y con
partes de uniformes policiales. Eran como efectivos de policía de algún futuro
apocalíptico.
Había un hombre
gordo y barbudo, con jeans apretados y una musculosa manchada, sentado en una
mesa a la izquierda del escenario, dándoles la espalda a los músicos. Volteó la
su gran cabeza inexpresiva. Se puso de pie y se retiró a una oficina pequeña,
enfrentada por un pasillo a los baños públicos, dejando la puerta abierta. Los
recién llegados no se percataron de él, se acercaron a la barra y pidieron
algo. Al rato, el hombre volvió a sentarse en su lugar de antes.
El cantante de
la banda se movía exageradamente en un escenario diminuto. A espaldas del
hombre gordo, hacía gestos obscenos hacia él sin que este se de cuenta o sin
que le importase demasiado. En un
momento, el performer se puso en
cuclillas, en una típica pose rockera con los brazos sobre el pecho del hombre
gordo, como provocándolo aun más sin respetar su espacio personal. Antes de que
el gordo le eché una mirada por sobre sus hombros, se apartó y continuó con su
circo mientras la gente no les prestaba ni un mínimo de atención.
Los cuatro
espíritus apuraron los vasos y emprendieron la retirada, pasando por enfrente de
escenario. El cantante se agachó al tal punto de cantarle al oído a Romina,
cuando pasaba. Esta se quedo quieta siguiéndole el juego cumpliendo con el rol
de fanática, con una sonrisa irónica. El cantante le agarró las dos manos un tiempo y después de
un alarido que desgarro la nota, saltó para atrás.
Al salir por una
puerta lateral, salieron a un estacionamiento improvisado, con solo un
automóvil. Romina abrió sus manos y contempló unas llaves de un automóvil. Se dirigió hacia él único automóvil, un
Chevrolet Impala, demasiado impecable para la mugre y el polvo de esos lares. Los
demás se quedaron mirándola, mientras lo abría. Dio vuelta su cabeza hacia
ellos y dijo: “Maneja vos, Damián”. Entro por la ventana del asiento del acompañante,
pero se sentó en el asiento atrás del conductor. Roque ocupó el del acompañante
y Lautaro ocupó el orto de atrás. Damián arrancó el auto y lo puso en la ruta. Al rato, los tres
hombres la interrogaron con la
mirada. Ella prefirió mantener el misterio, sonrió,
ensimismada por las pocas luces que
entraban por la ventana.
Camino Vigilado
Lautaro se
acordó que los intelectuales computarizados tenían un canal radial clandestino,
emitido por Internet pero que podía ser captado por cualquier antena, así podía
tener más alcance que cualquier otra cadena. Era una sintonía que debía ser
configurada especialmente para no ser rastreada, un secreto bien guardado del
cual Lautaro sabía por codearse con estos eruditos. Cabe destacar, que en su
juventud él mismo había practicado estas magias, no sin aprender algunos
trucos. Se cruzó por los asientos delanteros, encendió la radio y la sintonizó. Los
otros lo miraban extrañados, sin entender. Lo que estaba haciendo es ingresar
una contraseña en el estereo del auto, la cual fue ingresada por los técnicos
de los fabricantes de audio de manera secreta. Esta contraseña habilitaba una
combinación de señales AM, FM y Wi-fii
en el estereo para captar la emisión de ruido blanco que después de 45 segundos,
se iba volviendo más nítida hasta poder percibirse la radio clandestina. La programación
contaba con noticias verdaderas sin distorsiones, música honesta y de calidad y
la novedosa idea de un reality show,
en vivo y en directo, cuando la situación lo ameritaba, que informaba los
movimientos policiales, GPS y estado de las rutas. Mediante al ilimitado acceso
a información con el que contaban lo hacía posible. Esta estación de radio
sabía exactamente el número de radio escuchas con los que contaba, ya que
estaban conectados a una red. No les fue
complicado darse cuenta que Los Espíritus Urbanos estaban on-line, ante la duda
hubiesen desaparecido de la sintonía de manera instantánea sin dejar rastros.
Así fue como los
primeros kilómetros, simplemente, sucedieron a toda velocidad. El auto era de
los rápidos y ni rastros de los uniformados.
Por ira contra
la sociedad, por odio a haber perdido uno de los suyos, y por lo que sea.
Buscaron efectivo de lugares que aborrecían por principios. Asaltos rápidos a
casas de lotería, casas de comida rápida y alguna que otra estación de
servicio. Ya no se escondían. Las emociones fuertes los controlaban y los hacían
obvios.
Se turnaban para manejar, siempre acompañados
para escuchar las noticias. Las camineras no los detectaban. La policía local
prefería ignorarlos, como si nunca hubiesen pasado por ese pueblo. No eran VIP,
pero si se avistaba un helicóptero seguro los buscaba. Cuando se dieron cuanta
había recorrido varios miles de kilómetros en pocos días. Eran temidos en el
norte y el sur. Nada de esto fue su intención. Amanecer a la deriva, con tiros
en la espalda, a kilómetros de casa. No lo pidieron pero sucedió.
La Suerte
caprichosa los traicionó. Saliendo de
una curva, aparecieron dos patrulleros y una moto del destacamento. Lautaro fue
el primero en darse cuenta. En la radio sonaba un rock estridente. Sobre la
canción se volvió el fondo de un locutor que relataba lo que iba sucediendo.
Roque aceleró, a
la vez, que Germán sonreía apretando los dientes. Sacó su cuerpo por la ventana
apuntando con el fusil hacía los perseguidores y bautizó el tiroteo. Era una
persecución de la vieja escuela. Romina lo metió a Germán, de un tirón, de
nuevo en el auto, cuando el fuego enemigo se hizo presente. La moto se le puso
a la par del Impala. El oficial con su arma les apuntaba. Damián le tiro todo
el peso del clásico y la moto no tuvo
otra opción que dejar la carrera y en vez de entrar a boxes, se tuvo que
conformar con revolcarse en la banquina.
La primera
patrulla los prepoteó con un topeton desde atrás haciéndolos tambalear. Damián
hizo uso de los caballos de fuerza y logro alejarse. La patrulla logro acercarse,
nuevamente. Damián en una maniobra digna de un corredor, se puso en el otro carril
de al lado, clavó los frenos hasta ver pasar la patrulla y los embistió desde
atrás, provocando que se disparasen sin
trayectoria más que la cuneta como fin del camino.
El tercer
vehículo los seguía de cerca. Mantuvieron distancia pero disparaban a
discreción. Los proyectiles impactaban contra la carrocería, los cristales de
atrás y el parabrisas del frente. Romina y Lautaro permanecieron agachados,
enmudecidos por el miedo. Roque empuñó uno de los rifles con una de sus manos y
respondía el fuego mientras con la otra mano sostenía el volante. Germán había
tomado posición de francotirador usando el asiento como apoyo. La patrulla zigzagueaba
dificultando la puntería pero también sufría daños pero continuaba a viva
persecución.
Entre el
pandemonio de las explosiones y los impactos contra el metal, la radio advirtió
que delante había un cordón policial. No se sabe si escucharon el aviso, pero
cuando lo vieron no tuvieron mucho tiempo de reacción. Damián logro una
violenta vuelta en U, haciendo pasarse a la patrulla que tenían mordiéndoles
los talones. Solo para darse que cuenta que a los cientos de metros les seguían
el rastro 4 patrullas más de refuerzo, bloqueando todos los carriles. La cuneta
era demasiado empinada para ser transitada
cómo emergencia, tratar de escapar por ahí era imposible.
La única forma
de seguir, era volver en dirección al cordón policial. Damián giró bruscamente
180º, una vez más. Al tener a la vista
la hilera de patrullas, caballetes, sirenas y policías, Damián piso a fondo el acelerador
asta que el auto llegó a su máxima velocidad. Desde el cordón, empezaron a
dispararles. Los proyectiles impactaban sobre el auto que a esta altura,
humeaba y parecía que se iba a desarmar. Quedaban pocos cientos de metros para
llegar a lo que parecía el fin. Los
disparos cruzaban por el interior del automóvil, Damián continuaba con el mando
y acelerando pero los cuatro estaban lo más encogidos que lee era posible.
Momento de impacto en 3…2…1…
Arremetieron
entre dos patrullas a la mitad de la ruta que salieron desplazadas
estruendosamente. Los policías al ver que no se detenían se lanzaron hacia los
costados. Al romper con e cordón, tuvieron vía libre. El Chevy seguía su curso
con buena velocidad aunque no en las mejores condiciones. Los cuatro despertaron
del letargo y la confusión, se reincorporaron y se miraron como resucitados. Se
escucharon algunas unas risas nerviosas y terminaron a las carcajadas. También,
la radio festejaba con ellos. Todo era alegría. Se palparon para ver si estaban
en una pieza. Al parecer ninguno había
sido herido. Era casi un milagro pero las risas cesaron y reinó el silencio
cuando se dieron cuenta que Germán había sido alcanzado. Tenía el rostro pálido
con la boca media abierta y respiraba agitado. Ya tenía toda la camisa
ensangrentada. La bala había entrado y salido por su hombro. Romina lo llevó al
asiento trasero, para recostarlo y con lo que tuvo a mano lo asistió para detener
el flujo de sangre que emanaba de su torso.
El Futuro no les
mostraba una imagen prospera. La voz de la radio empezó a ganar presencia, les
hizo notar que la situación empeoraba. No se habían librado de la policía por
mucho tiempo, un helicóptero los seguía desde el aire. Para su beneficio, les
indicó un camino interino, donde había una especie de depósito o cementerio de
autos. Les indico del El Viejo Juan, un
rebelde por naturaleza, quien se mostró como un póstumo anfitrión en la adversidad aun poniéndose en riesgo a él
y a los suyos; él fue quien los proveyó de alcohol e instrumentos para
desinfectar a Germán; les dio una vieja camioneta para seguir, disfraces y una esperanza de escape, con la ayuda del efecto sorpresa.
Pusieron en
marcha todo automóvil que aún funcionase, manejado por los familiares de El
Viejo Juan que residían en el deposito, algunos de poca de edad pero capaces de
manejar. Salieron todos juntos y en distintas direcciones para confundir la
visión del helicóptero. Todo esto a la velocidad de la luz, sin tiempo de hacer
amistades, mucho menos para despedidas, pero bastó para informarles el camino y
de una guarida que podrían usar en un puesto abandonado a unos cuantos
kilómetros de donde estaban. Pertenecía a una estancia descuidada por sus
herederos que ya no le prestaban atención. Allí se dirigieron al dispersarse de
la salidera de automóviles. Hacía tiempo que no había tanto movimiento en el depósito
del Viejo Juan, pasaría mucho tiempo antes de que algo así vuelva a suceder. Los
cuatro espíritus le estarán eternamente agradecidos, así como también, al ángel
guía de la radio.
Asilo temporal
El puesto era
una casilla hecha de chapa y ladrillos, que se encontraba en medio de un potrero bordeado por un
alambrado. Tenía un corral de ganado al costado, a unos 200 metros había una
arboleda considerablemente espesa. El extremo norte de la arboleda lindaba con
el camino rural, en esta ala escondió la camioneta, tapándola con ramas y hojas.
La casilla por dentro estaba oscura, contaba con unos pocos muebles arruinados
por la humedad y el desuso, el piso era de tierra. En un mismo ambiente estaba la
cocina, una pieza y un baño dividido por chapas. Se podía ingresar por una
puerta delantera y otra trasera, una ventana pequeña brindaba una pobre
iluminación al sector de la
cocina. Ahí quedaron escondidos un tiempo eterno pero que en
realidad fueron 2 y medio, casi sin salir. Cuando lo hacían, en turnos y nunca
de a uno, se adentraban en la arboleda y regresaban al la casilla del puesto. La
tensión se podía sentir en el aire. Germán tuvo tiempo para cicatrizar
medianamente, gracias a los primeros auxilios del Viejo Juan y los cuidados
meticulosos de Romina. Volvieron a ejercer el ejercicio del silencio y la
meditación para recobrar fuerzas después de todo lo sucedido, y ver una salida
para continuar. No obstante, también, vigilaban en turnos y de a dos siempre
atentos, siempre esperando.
Cada tanto se
veía una polvareda por el camino pero que terminaba por alejarse. Alguien debió
haber avisado a los polis, quizás los dueños de la estancia o algún peón en su
recorrido habitual sin que se diesen cuenta, porque una de esas nubes de polvo
se dirigía hacia ellos, aunque no se oían ni se veían las sirenas.
En la oscuridad
del mono-ambiente, se escuchó la voz firme de Damián que decía: “¡Claven las
puertas y preparen las armas!”. Ya casi no les quedaban municiones. Debían
aprovechar cada tiro.
Al cabo de un
rato, seis patrullas y una camioneta de grupos especiales se plantaron
estratégicamente a los alrededores del puesto. Desde afuera, La casa parecía
muerta. Un helicóptero sobrevolaba el área.
De la camioneta,
bajaron ocho efectivos. Como en una coreografía los ocho pusieron la rodilla
derecha contra el piso y flexionaron la izquierda, con los rifles automáticos
presionados contra el hombro derecho. Con una orden tacita, abrieron fuego a las
chapas por varios segundos hasta dejarlas hechas un colador.
Luego de
recargar, los mismos efectivos se incorporaron y avanzaron en línea hacía el
objetivo: se dividieron para
posicionarse dos de un lado de la puerta de enfrente, dos del otro. Los otros
cuatro fueron atrás, pegados contra la pared.
Entró una bomba
de humo silbando y quebrando el poco vidrio de la ventana, rebotó en el piso y
desparramó todo su contenido. El equipo posicionado entrada delantera se
abalanzó primero, pateando la débil y floja puerta y se adentraron en la nube de
dos en dos, con sus mascaras puestas. Su entrada fue seguida de una secuencia
de ruidos secos, ráfaga de tiros certeros y silencio.
El humo se fue
disipando. Un miembro del segundo equipo posicionado en la parte trasera, se
atolondró para chequear el estado de la situación. Desapareció,
tragado por la tierra. Al
segundo que se asomó, fue recibido con un tiro certero entre los ojos,
penetrándole el acrílico de la mascara. Afuera quedaban dos, que retrocedieron a
la par, debido a que el enemigo no podía ser divisado. Se apuraron a resguardarse
detrás de los móviles, ante el peligro invisible hasta que pudieran detectar
algún movimiento.
Adentro, en el
piso se abrieron unas “ventanas” dejando ver un compartimento subterráneo. De
esa trinchera, salieron Romina, Damián, Germán y Lautaro, más armados y
protegidos que nunca gracias a los ilusos que entraron, fueron cayendo en la trampa y ahí
quedarían.
Aprovechando la
inercia de su pequeña victoria, los cuatro salieron corriendo mientras
disparaban enardecidos contra los móviles. Los efectivos policiales estaban tan
shockeados y asustados que no se
animaron a contestar el fuego. Lautaro fue divisado por el ojo reflector del helicóptero
y este le dibujo un FUCK YOU muy grafico con la mano mientras corría con los
demás en dirección a la
arboleda. En ese momento, los dos restantes del escuadrón
salieron en su persecución, para rescatar los que les quedaba de valentía.
Lautaro, Damián,
Germán y Romina siguieron corriendo adentrándose en la vegetación, pero se les
iban acercando. No eran un gran peligro pero Damián lo miro a Lautaro y le
pregunto: “¿Preparaste bien las redes?“. Al unísono y sin dejar de correr miraron
por sobre sus hombros atrás para ver que los perseguidores estaban justo siendo
envueltos, empaquetados y colgados de los árboles por una clásica trampa,
perfectamente diseñada y aplicada por Lautaro. A ninguno de los cuatro les fue posible,
no parar y reírse a carcajadas sobre sus rodillas o tirados en el piso cuando
vieron que funciono a la
perfección. En breves, se tuvieron que reincorporar y seguir
camino ya que en cualquier momento lograrían liberarse ellos mismo o los
librarían los oficiales que habían quedado atrás.
Llegaron a la
camioneta que estaba bien escondida entre la flora. La pusieron en
marcha. Aún no había vestigios de los oficiales y ni ser captados por el ojo
vigía del helicóptero. Salieron despacio de la arboleda y retomaron el camino
interino. Tomaron por la ruta principal, como decididos a perder el miedo y enfrentar
a sus enemigos. A los pocos kilómetros, al llegar a un cruce de caminos, la
camioneta se detuvo. Damián baja y la camioneta arranca dejándolo en ese lugar
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El descanso del guerrero
Después de
varios dedos y largas caminatas, Damián volvió a internarse en el anonimato de la ciudad. Su cabeza no estaba
convencida, su corazón y su espíritu menos, pero volvió de todas maneras, más
que nada por principios. Escaparse fue la emoción del momento pero no podía
seguir de esa manera. Tarde o temprano, los iban a atrapar. Por los menos, quiso que sea desde las raíces. Quiso
encontrar tranquilidad donde no la había. Quiso desmitificar las sospechas de quien
estaba detrás de las persecuciones. Quiso atacar los problemas desde el
centro. Así, se debatía entre todas
estas ideas, algo contradictorias entre si y con su personalidad. Como pudo,
trato de explicarles algo de todo esto a sus tres amigos. Sin embargo. Romina,
Lautaro y Germán quedaron en la camioneta sin rumbo fijo.
Su primer paso
fue analizar desde donde podía retomar lo que había empezado. No tardo en caer
en la cuenta de que algo había cambiado. El aire no era el mismo. Sus ideales
habían evolucionado o habían sido distorsionados. Tenía la creatividad ofuscada
y sus ideas no eran tan liberales ni radicales como solían serlo. ¿Cómo no iba
a ser así después de la violencia por la que se había filtrado su persona? Se
sintió abatido, como si los cinco de siempre hubiesen perdido la guerra, desde
el comienzo, y todas las miserias que vivieron fueron en vano. Se dió cuenta
que quien estuvo detrás de todo aquello, aunque no los haya aniquilado, se contentó con perseguirlos, meterlos en su
juego de violencia y cambiarles la mentalidad para neutralizarlos. Fue como si
hubiesen sido insertados en un programa de lavado mental bastante malévolo
desde el momento que empezaron a huir, o antes. Nunca tuvieron una posibilidad
de ganar.
Se hospedo en un
pequeño cuarto de una pensión en los barrios bajos de la ciudad. Le dieron check
in por unos pocos pesos y no preguntaron nada que no se pueda falsear. Le
resultó conveniente acorde a su corta economía y necesidad de permanecer de
incógnito. No se hablaba con nadie y rechazaba el servicio de limpieza. Permanecía
encerrado en una oscuridad casi total.
Se pasaba la mayor parte del tiempo recostado en un sillón viejo y gastado. Vio
horas de violencia actual, programas superficiales repletos de sexo y
polémicas, películas que incentivaban el consumo masivo, noticieros con la
verdad corrompida por la tendencias política, educación publicitaria y
programación a merced del raiting. Ya no juzgaba ni intentaba hacer algo al respecto,
solamente, absorbía.
Desde el punto de
vista generalizado de los medios de comunicación masivos, pudo observar que
hubo quienes quisieron seguirle los pasos de otros tiempos. Los medios los
condenaban y se las ingeniaban para
hacer notar que los trabajadores no llegaban a sus trabajos, o que un niño
necesitaba medicinas que no iban a llegar por una manifestación. Eran
perseguidos con exagerada violencia ante el más mínimo acto de expresión. Había
más miedo que nunca. La opinión pública los defenestraba ya que iban en contra
a sus intereses. Damián mismo ya no le veía propósito a tanto esfuerzo que no
era apreciado, parecía inútil y peligroso. Los Espíritus Urbanos eran un tabú,
las palabras prohibidas, o peor, una moda vencida.
En todo este
tiempo, no tuvo noticias de sus compañeros. ¿A donde habrían ido después que se
separaron? El les guardaba el más sincero de los cariños y si se tuvieron que separar
fue solo por diferencias de personalidad. Ellos quisieron seguir en las rutas.
Él intentó volver y continuar con el cambio dentro de la metrópolis pero
termino escondiéndose en una unidad inmunda. Cada cual por su lado intentaba
seguir.
El mismo sabía
en sus adentros, que esta situación no podía durar, tanto por su estado anímico
como por su estado económico. Inevitablemente, empezaron a llegar los reclamos
de pago por el uso de la
habitación. Al principio, cordialmente mediante medios
escritos, después, a crudos golpes en la puerta y gritos. Tuvo que escaparse a
hurtadillas por la escalera de emergencia, cuando nadie estuvo vigilando.
Durmió algunos
días en la calle y, debido a su aspecto, se mimetizaba entre los tantos vagabundos.
Tomó la decisión de volver sobre sus pasos. La policía siempre espera que los
criminales, vuelvan a la escena (en este caso las escenas) del crimen. De todas
maneras, algún motivo los conduce. A veces, más allá de entendimiento.
Hacía rumbos ya conocidos
Se tomo un
ómnibus que lo saque de la
ciudad. Al llegara a la última estación, empezó a caminar.
Hizo dedo hasta que lo levanto una chata bastante mal cuidada, el conductor era
un estanciero que lo había perdido todo durante las últimas crisis económicas, había
quebrado y saquearon sus tierras. A pesar de las penurias, el hombre tenía una
sonrisa en su rostro, como aquel que aprendió que no hay mal demasiado malo. Damián
no preguntaba mucho pero el conductor se empecinaba en contarle la historia de
su vida sin el menor interés en que Damián le cuente algo de la suya. Esto último
tranquilizaba un poco a Damián. El estanciero lo dejó a pocos kilómetros de lo
que quedaba de aquella estación de servicio en la que se desató la tormenta. No había ni
un alma, aunque si había indicios de que una gran petrolera ya había puesto las
manos sobre el establecimiento y estaba por empezar la obra de
reconstrucción.
Damián paso unos
cuantos minutos entre los surtidores oxidados, después, emprendió la marcha, nuevamente.
Pensó en pasar a visitar al Viejo Juan del depositó de autos, pero se imagino
que de alguna manera se estropearía la magia de aquel momento en que les fue de
tanta ayuda, entonces, desistió ante la idea. Su próxima parada: el puesto. Sabía que se
acercaba a una muerte segura, que ahí lo estarían esperando, que una bala tenía
una asignatura pendiente con él pero su mente lo entendía y su alma lo aceptaba.
Una vez en el camino
rura interino, un peón en carreta lo levantó. Quizás por la curiosidad de
hablar con un extranjero. Damián no le dijo exactamente a donde iba, solamente,
le aviso donde bajar. El hombre que conocía la zona, seguramente, ya habría
adivinado hacia donde se dirigía. Después de descender, Damián saludo con la cabeza. Cuando la
carreta ya no estaba a la vista, cruzó
el alambrado bordeando la
arboleda. El paisaje era desalentador. La arboleda había sido
arrasada por las sucesivas heladas. Pudo ver que el puesto estaba peor de cómo
lo había visto la última vez. Las chapas sueltas habían sido arrastradas a
varios cientos de metros por el viento, y solo algunas vigas y una pared se
mantenían en pie. Damián se quedó inmóvil contemplando, en el medio de las ruinas.
Levantó el mentón, y respiró profundo. No recordaba cuando fe la última vez que
se haba tomado el tiempo para hacerlo, concientemente. En todo ese suspiro,
tuvo los ojos cerrado pero al abrirlo, lentamente, notó que, a lo lejos, iba acercándose a gran velocidad
un vehículo. Cuando se pudo distinguir entre la polvareda, ya estaba
disminuyendo la velocidad a la altura del puesto. A lo pocos segundos, ya estaba a pocos metros
de Damián. Él no huyó, quizás por la mala alimentación, el atontamiento, la desmotivación
o la aceptación de la muerte.
Tres efectivos
policiales uniformados descendieron y con paso firme se dirigieron hacia él. Lo
rodearon y quedaron observándolo. Uno de ellos, lo redujo a sus rodillas
golpeando con su arma atrás de las rodillas. Damián permaneció ahí, con la
mirada perdida o mirando al infinito. Otro efectivo lo levantó bruscamente, tomándolo
de las axilas, dejándolo inestablemente en pie. El tercer efectivo desenfundó
una pistola y se le acercó, a pocos centímetros. Rozó el frió metal del arma
contra la mejilla izquierda de Damián., provocándolo o intentando causar al
menos alguna reacción. Damián levantó la mirada, lentamente, y la mantuvo
contra el cristal de la mascara que escondía la cara del oficial. Ese mismo oficial se puso en cuclillas, le
desabrochó el cinturón, sacó su miembro y se lo empezó a mamar. Damián quedó
estupefacto, con la boca abierta. No supo cómo reaccionar. Simplemente, permaneció
inmóvil. Fisiológicamente natural, el miembro se le erecto. Damián pensó en que tipo de tortura
psicológica era esa. Los efectivos a sus espaldas comenzaron a reírse a
carcajadas a tal punto que se tenían que
apoyar sobre sus rodillas. Después de un rato el oficial en acción, se
reincorporo y retrocedió. Damián quedo de pie con los pantalones y con el
miembro erecto. El oficial retiro su máscara y Damián reconoció que era, nada
más y nada menos, que Romina. “¿Todavía, no reconoces mi obra?” Dijo ella y
rió. Todos explotaron menos Damián que todavía no recuperaba el aire ni la noción
de la realidad. Miro
sobre sus espaldas y pudo ver que los oficiales, ya sin mascaras, eran Lautaro
y Germán. Romina, Lautaro y Germán se acercaron y lo abrazaron. Damián, ya en
si, y con el aura rehabilitada, reía en un mezcla de llanto. Lo separó a Germán
y lo derribo con un tacle. Acto seguido, le dio un largo beso a Romina, tan
largo que Lautaro y Germán se cruzaron de brazos e intercambiaban miradas. Se
abrazaron, nuevamente, riendo a carcajadas y gritando insultos amistosos. Damián
y Romina seguían dándose besos, también, Lautaro y Germán. Eran demasiado
felices y había mucho por contar pero no alcanzaban las palabras y, de momento,
no hacía falta.
Dieron un último
vistazo a las ruinas de su última aventuras juntos y se subieron al auto, para
darla bienvenida a las que vendrían. Aceleraron por la ruta sin rumbo fijo.
Estaban los cuatro juntos de nuevo. Estaban entre los cinco tipos más buscados,
pero de momento, eso no importaba.
Esta historia continuara en la novela titulada Dioses
Modernos.
