Yo- por Francisco Pablo Gilges
Yo X.
Fue hacia el mediodía que ya éramos dos – sumido estaba en confusa meditación para cuando emprendimos la charla por el jardín, perdí la mañana carajo, tienes algo que hacer, no, no dime. Discurrimos por los habituales embrollos a los que desde chico me había acostumbrado, interesantes, se…pretextos para entorpecer los días. La cuenta de mi tan abusiva mediocratización académica termino por cederle la palabra a mi compañero, quien cultivado en el seno de polémicas de corredor; a las que aprendí a esquivar con alusiones del todo inocuas y desviatorias; exponía un discurso realmente formidable. Witold diría archi-formidable; de esos que aspiran al hartazgo antes que al convencimiento. Hermosa orquídea, le respondí, lástima que ésta debe más su belleza a su especie que a su estado actual, cual niñito chaqueño. El mal de siempre, la desidia; y no le escapo a eso. Asintió captando el cese de la parrafada.
Hacía demasiada hambre para lo tres e iba a imponerse a todo deber; las posibilidades asumían la forma de un guiso añejado aumentado con alguna conserva, la cocción de un pedazo de carne que enfriaba la heladera, o de un cigarrillo tras otro hasta olvidarnos de asunto. Optamos por el guiso y los cigarrillos. Dispuse un par de platos en la mesada, aguardando quejas por su incierta calidad higiénica, pero nada ocurrió, la comida cubrió pronto la evidencia y allí recordé que éramos todos hombres. Por saber que estaba acostumbrado al trato con mujeres ajenas durante largos períodos de tiempo, creo que mi nuevo y rudo feligrés sintió la necesidad de confirmarme la sencillez de este almuerzo, permitiéndome cualquier tipo de sonoridad deglutiba y una completa espontaneidad intestinal, mejor perder un amigo que la tripa, dijo como soplando y echando la cabeza para atrás. Comimos.
Por lo general, cuando al quehacer cotidiano se suma una pluralidad de perspectivas, la tarea más simple se puede convertir en un incordio exasperante, cualquiera sea el sentido con que se ciña a la rutina, es molesto; ya eran tres las miradas que especulaban sobre el orden que daba a los papeles y libros tirados sobre mi escritorio y la necesidad de realizar algunos llamados resaltados en rojo sobre la libreta, entre ellos un cumpleaños; cajetudo compromiso, y justo hoy, reputie al aire, tarea por siempre repudiada que para colmo agudizó la de por si viscosa sensibilidad de mi tercer amigote, que desde el sillón intentó hacerme sentir culpable, que es tu amigo del alma, demuéstrale tu cariño, teatralizó, sin ánimos de fingirme conmovido lo reputie y le informe que yo no tenia tal cosa. Se hacía tarde.
Bajé al comedor en busca de aire, de allí vuelta al jardín, la tropilla me seguía. Encontré un cuarto al rodear la casa, luchaba contra unos yuyos y lo sentí en él como tantas veces en mi; es la jardinería una de esas cosas de las que disponemos para investirnos de una aparentosa paz, nos pintamos de verde y metemos las patas en el agua, quizás no convenzamos, cuando lo que uno realmente quiere es esquivar la mierda que cae por las paredes y las espinas que crecen al acariciarnos. El omnipresente malestar diurno reclamó toda mi atención al notar que esos no eran yuyos sino rúcula y que esa era mi huerta, y la puta madre, grité y salté la reja, dos pasos después lo empuje hasta la otra que cerraba el perímetro de cuatro por dos, pisando, el estúpido, todas y cada una de las plantas en la resbalada. Miré tristemente mis plantas y viré para enfrentarlo, pero ya estaban los otros defendiéndolo; el polemista injuriando, el bruto prepoteando y el romántico dramatizando; el estúpido parecía buscar que más pisar.
Indudablemente se me complico la tarde, un par de horas dudo que me alcancen. Bien, como no los pude echar, eran demasiados y sin ninguna intención de hacerlo, corrí a la casa y solté los perros; por lo que pude ver desde la ventana del comedor, se metieron de un salto en el invernadero y allí estarán, no son tipos de mala voluntad, simplemente no la controlan. Si, si, pero antes necesitaba paz, tomé mi Aleph, como podría haber sido El Túnel mi Bestiario, piezas que me devuelven algo de mi aireada adolescencia, y fui a calentar la pavita. Jugando deje que el agua hirviera unas cuantas veces; de cuento a cuento, de palabra a palabra, uno cree que va a despertar en el momento oportuno, pero es siempre el irritante pitido quien exhorta a la acción. Decidido a quemarme retrocedí mis pasos hacia el comedor y apunté al escritorio, acomodé la cortina, mi vista y sometí mis pensamientos a las palabras de Jorge Luis.
Infortunado me sentí, la congoja que se precipitaba por las escaleras aún sin necesidad de ellas, no era mía pero tampoco extraña y ya había arruinado mi lectura. Derrotado junto la cama rodeado de fotos estaba el muchacho, joven y machacado. Me acerque y lo comprendí, le ofrecí mate y lo rechazó, amague a sentarme y amago a pararse, me quede quieto y se molesto – evidentemente no lo comprendí. Lo más inquietante era la hora, en noche lluviosa esto no habría revelado gran escándalo, pero la imagen del reloj de pared marcando las seis de la tarde se traducía en cierto peligro, las lágrimas no brotan durante el día a menos que se tema ya no sentir nada para la noche. Me estiré transversalmente en la cama con la firme voluntad de hacerme presente pero sin turbar su transe; cuando se está mal hay que estarlo – pensé y esperé soñar al compás del menguante gimoteo del quinto. Hoy no iba a poder ser.
Desperté con frío y un piloncito de fotos en mi mano derecha. Me procuré un suéter, el horario y una rascada inguinal; faltaban quince para las once y volvía a hacer hambre. De bajada prendí la radio siempre incómoda al pie de la escalera, atravesé el salón, ojeé el comedor, me tumbé el sillón. La luz estaba bien para un jazz difuso, de la calle entraba lo indispensable para moverse y contemplar las formas. Allí un circulo, al centro la profundidad y afuera la inmensidad cortada por su peso, allí yo, ellos y yo, siempre yo y ellos distintos, igual que todos los días, mañana también.
Fue hacia el mediodía que ya éramos dos – sumido estaba en confusa meditación para cuando emprendimos la charla por el jardín, perdí la mañana carajo, tienes algo que hacer, no, no dime. Discurrimos por los habituales embrollos a los que desde chico me había acostumbrado, interesantes, se…pretextos para entorpecer los días. La cuenta de mi tan abusiva mediocratización académica termino por cederle la palabra a mi compañero, quien cultivado en el seno de polémicas de corredor; a las que aprendí a esquivar con alusiones del todo inocuas y desviatorias; exponía un discurso realmente formidable. Witold diría archi-formidable; de esos que aspiran al hartazgo antes que al convencimiento. Hermosa orquídea, le respondí, lástima que ésta debe más su belleza a su especie que a su estado actual, cual niñito chaqueño. El mal de siempre, la desidia; y no le escapo a eso. Asintió captando el cese de la parrafada.
Hacía demasiada hambre para lo tres e iba a imponerse a todo deber; las posibilidades asumían la forma de un guiso añejado aumentado con alguna conserva, la cocción de un pedazo de carne que enfriaba la heladera, o de un cigarrillo tras otro hasta olvidarnos de asunto. Optamos por el guiso y los cigarrillos. Dispuse un par de platos en la mesada, aguardando quejas por su incierta calidad higiénica, pero nada ocurrió, la comida cubrió pronto la evidencia y allí recordé que éramos todos hombres. Por saber que estaba acostumbrado al trato con mujeres ajenas durante largos períodos de tiempo, creo que mi nuevo y rudo feligrés sintió la necesidad de confirmarme la sencillez de este almuerzo, permitiéndome cualquier tipo de sonoridad deglutiba y una completa espontaneidad intestinal, mejor perder un amigo que la tripa, dijo como soplando y echando la cabeza para atrás. Comimos.
Por lo general, cuando al quehacer cotidiano se suma una pluralidad de perspectivas, la tarea más simple se puede convertir en un incordio exasperante, cualquiera sea el sentido con que se ciña a la rutina, es molesto; ya eran tres las miradas que especulaban sobre el orden que daba a los papeles y libros tirados sobre mi escritorio y la necesidad de realizar algunos llamados resaltados en rojo sobre la libreta, entre ellos un cumpleaños; cajetudo compromiso, y justo hoy, reputie al aire, tarea por siempre repudiada que para colmo agudizó la de por si viscosa sensibilidad de mi tercer amigote, que desde el sillón intentó hacerme sentir culpable, que es tu amigo del alma, demuéstrale tu cariño, teatralizó, sin ánimos de fingirme conmovido lo reputie y le informe que yo no tenia tal cosa. Se hacía tarde.
Bajé al comedor en busca de aire, de allí vuelta al jardín, la tropilla me seguía. Encontré un cuarto al rodear la casa, luchaba contra unos yuyos y lo sentí en él como tantas veces en mi; es la jardinería una de esas cosas de las que disponemos para investirnos de una aparentosa paz, nos pintamos de verde y metemos las patas en el agua, quizás no convenzamos, cuando lo que uno realmente quiere es esquivar la mierda que cae por las paredes y las espinas que crecen al acariciarnos. El omnipresente malestar diurno reclamó toda mi atención al notar que esos no eran yuyos sino rúcula y que esa era mi huerta, y la puta madre, grité y salté la reja, dos pasos después lo empuje hasta la otra que cerraba el perímetro de cuatro por dos, pisando, el estúpido, todas y cada una de las plantas en la resbalada. Miré tristemente mis plantas y viré para enfrentarlo, pero ya estaban los otros defendiéndolo; el polemista injuriando, el bruto prepoteando y el romántico dramatizando; el estúpido parecía buscar que más pisar.
Indudablemente se me complico la tarde, un par de horas dudo que me alcancen. Bien, como no los pude echar, eran demasiados y sin ninguna intención de hacerlo, corrí a la casa y solté los perros; por lo que pude ver desde la ventana del comedor, se metieron de un salto en el invernadero y allí estarán, no son tipos de mala voluntad, simplemente no la controlan. Si, si, pero antes necesitaba paz, tomé mi Aleph, como podría haber sido El Túnel mi Bestiario, piezas que me devuelven algo de mi aireada adolescencia, y fui a calentar la pavita. Jugando deje que el agua hirviera unas cuantas veces; de cuento a cuento, de palabra a palabra, uno cree que va a despertar en el momento oportuno, pero es siempre el irritante pitido quien exhorta a la acción. Decidido a quemarme retrocedí mis pasos hacia el comedor y apunté al escritorio, acomodé la cortina, mi vista y sometí mis pensamientos a las palabras de Jorge Luis.
Infortunado me sentí, la congoja que se precipitaba por las escaleras aún sin necesidad de ellas, no era mía pero tampoco extraña y ya había arruinado mi lectura. Derrotado junto la cama rodeado de fotos estaba el muchacho, joven y machacado. Me acerque y lo comprendí, le ofrecí mate y lo rechazó, amague a sentarme y amago a pararse, me quede quieto y se molesto – evidentemente no lo comprendí. Lo más inquietante era la hora, en noche lluviosa esto no habría revelado gran escándalo, pero la imagen del reloj de pared marcando las seis de la tarde se traducía en cierto peligro, las lágrimas no brotan durante el día a menos que se tema ya no sentir nada para la noche. Me estiré transversalmente en la cama con la firme voluntad de hacerme presente pero sin turbar su transe; cuando se está mal hay que estarlo – pensé y esperé soñar al compás del menguante gimoteo del quinto. Hoy no iba a poder ser.
Desperté con frío y un piloncito de fotos en mi mano derecha. Me procuré un suéter, el horario y una rascada inguinal; faltaban quince para las once y volvía a hacer hambre. De bajada prendí la radio siempre incómoda al pie de la escalera, atravesé el salón, ojeé el comedor, me tumbé el sillón. La luz estaba bien para un jazz difuso, de la calle entraba lo indispensable para moverse y contemplar las formas. Allí un circulo, al centro la profundidad y afuera la inmensidad cortada por su peso, allí yo, ellos y yo, siempre yo y ellos distintos, igual que todos los días, mañana también.

0 Comments:
Publicar un comentario
<< Home