12.26.2008

El emisario- por Antonia Cossio

El emisario

Siguió el sonido de los pasos a tientas por la calle desierta, iluminada con pobreza por los faroles municipales. El asfalto estaba húmedo. Tenía los pies entumecidos y le dolían al caminar. Avanzaba con dificultad guiándose por las voces que escuchaba a lo lejos. Se desesperaba, ¿alucinaba? No podía reconocer el lugar, ni siquiera podía acordarse cómo había llegado ahí. Le era difícil no patinarse, se sentía caminando sobre jabón. El escenario cambiaba a cada paso, como en una obra de teatro en la que nunca aparecía el director a dar indicaciones. Él se dirigía a sí mismo. Volvió la vista al cielo. Una negrura espesa lo sobrecogía, y sentía cómo iba envolviéndolo. Sentía el aire moverse y podría habar jurado que se trataba de la respiración de alguna criatura. Mientras estaba absorto contemplando, una luz lo iluminó. Un chirrido ensordecedor lo aturdió y fue embestido por un auto.
Se despertó con un sobresalto en su cama. El corazón le latía fuerte golpeando contra su pecho, y estaba empapado en sudor frío. El mismo sueño se repetía todas las noches. La misma calle desconocida y conocida al mismo tiempo, el mismo auto, y el mismo cielo. No pudo volver a conciliar el sueño. Se levantó y buscó un libro bajo su cama. El cuarto de la pensión donde vivía era pequeño y estaba desordenado, más que por el exceso de cosas de su ocupante, por la falta de tiempo para ordenarlo. La única entrada de luz natural que había en el ambiente era una estrecha ventana que daba a la Avenida 9 de Julio. Las luces de los carteles luminosos no se apagaban nunca, pero Jeremías ya se había acostumbrado a ellas. Las ganas de dormir le sobraban, después de trabajar seis horas como cadete en una oficina a la mañana, y ocho en el Mc Donald’s frente al Obelisco a la noche.
Hacía mucho tiempo que ya no soñaba. Sus sueños lo habían abandonado hacía años. Ya no cerraba los ojos e imaginaba una entrega de diplomas, ni sentía el beso cálido de ella en su cara cuando dormía. Todos los planes que habían trazado juntos se habían disuelto hacía meses. Ahora estaba solo. Solo, con la pesadilla de una calle apenas iluminada, un auto que lo perseguía y un cielo siniestro cerrándose sobre él. No había a quién recurrir. Todos se habían ido. Todo lo que tenía ahora era un sentimiento de pérdida y un sueño que no entendía y que no lo dejaba tranquilo.
Encontró el libro. Los abrió sediento de una palabra que lo ayudara a hacer desaparecer el sueño. Las imágenes se sucedían en su cabeza y formaban un mensaje que no lograba descifrar. Estaba codificado en una extraña suerte de idioma que sólo su inconsciente comprendía. ¿Qué significaba? ¿Qué estaba tratando de decirle su mente, que no podía entender? ¿Por qué volvía ahí todas las noches? Se tendió en la cama y guardó silencio hasta escuchar el latido de su propio corazón. Poco a poco fue desacelerándose, hasta llegar a ser casi imperceptible. Sin darse cuenta, había estado conteniendo la respiración mientras viajaba con los ojos cerrados a través de la inmensidad del tiempo. Ya no estaba en ese sucucho de pensión, ni estaba exhausto, ni sentía su propio cuerpo.
Más allá de las luces de la ciudad se encontraba el cielo coronado de estrellas, y en él, la Luna se mecía entretenida por sus luceros bufones, como una reina celeste, y se paseaba impávida por entre las cabezas de sus súbditos y los elevaba hacia ella. Enamorados, éstos se dejaban elevar y arrastrar por su soberana (lunáticos, sin duda), y le cantaban sin voz, y la aplaudían sin manos, y bailaban para ella sin la necesidad de tener pies. Una noche más, como todas las noches, Jeremías pasaba el tiempo esperando a que la Luna pasara por su cabeza y lo elevara. Procuraba quedarse quieto, tratando de ni siquiera respirar. Esperaba el toque mágico de su heroína.
Y mientras, las horas pasaban, Jeremías meditaba, hacía memoria, se contaba a él mismo lo que había soñado. Se contaba con lujo de detalles cómo era el cielo que aparecía frente a él, hecho de un negro impenetrable, que lo invadía, llenando las cuencas de sus ojos hasta dejarlo viendo el más puro azabache. Pero en la realidad, cuando levantaba su vista al cielo, éste no era más que una tela inerte, sombría y lejana. Era más parecido a una ausencia que al todo azabache que veía en su sueño. Rompió el hechizo incipiente de la Dama del Insomnio, y se levantó de la cama. Fue hasta la ventana y descorrió las cortinas. Allí estaba, en pleno trance, la Señora de los lunáticos, haciendo su ronda nocturna.
Entonces, se hizo evidente que las respuestas a sus preguntas no vendrían por sí mismas. Buscó algo de abrigo, que de todas maneras de nada le serviría, y salió a buscarlas. La avenida estaba desierta. Era un río apacible y mudo, que se movía tan lento que era imposible determinar para qué lado corrían sus aguas turbias. La única luz provenía del alumbrado municipal. Siempre era así en la ciudad. La Reina de los Alunados pasaba desapercibida, escondida bajo el incesante cuchicheo de los insectos que morían en los faroles. Pero pasaba haciendo su trabajo como lo hacía desde tiempos inmemorables.
Debía haber llovido, porque el pavimento estaba húmedo, y todavía estaban mojadas las veredas. Aunque no parecía haber nadie más en la calle, Jeremías creía oír los pasos de alguien y el andar de un carrito. Seguramente era algún ciruja riéndose con descaro de la Señora Celeste. Un lunático, sin duda.
Nunca se percató de cuando dejó la avenida y empezó a caminar por esa callecita lateral. Sucia, harapienta y cargada de una parsimonia adormecida, la calle lo llevaba. Jeremías no hacía más que seguir los pasos de quien lo seguía a él. Se sentía observado, pero lo que no sabía, era que los ojos de la doncella de las constelaciones eran los que se habían por fin posado en él. Miró hacia todos lados. Edificios viejos y venidos a menos lo reprochaban por ser todavía tan joven y caminar tan erguido, mientras ellos se desmoronaban contra la barrera del tiempo. Reprochaban su descaro, además. La audacia de este joven, que salía a buscarla como si por eso fuera a apresurar lo que ya estaba determinado.
Alzó la vista al cielo. Las luces municipales no podían esconderlo en esa calle como lo conseguían en la avenida. La espesa negrura inexpugnable se enroscaba como una bestia dormida. Pero entonces, la criatura azabache fue despertando de su letargo y se movió en dirección a Jeremías. Entonces la vio. Tan complacida de su propia labor, tan aduladora de sí misma, tan llena de las locuras de otros. La Luna caminaba por el lomo de la bestia y enseñaba a Jeremías sus rayos plateados cubiertos de escarcha. Se acercaba y se alejaba, y cada vez que lo hacía, la ansiedad se apoderaba de Jeremías. Con sumo sigilo, la bestia fue ganando distancia entre el cielo y el pavimento. La sed de su boca mojaba el asfalto.
De un momento a otro, lo comprendió todo. Estaba planeado para que sucediera así. Se quedó inmóvil en el medio de la calle. Un potente rayo de la Luna lo encandiló. Las luces lo embistieron primero, sacándolo del transe al que había entrado. Con un chirrido ensordecedor, la bestia lo envolvió y lo llevó a la oscuridad.


© Antonia Cossio

1 Comments:

Anonymous Anónimo said...

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